11 de enero de 2009
2 de enero de 2009
La belleza
“Acudieron silenciosamente, como las aguas de un manantial, y al principio no pude comprender la dulzura que me estaba invadiendo. En algún sitio había un sombreado parque con abetos y tilos y una vieja casa muy querida por mí. Importaba poco que la casa estuviera muy lejos, que no pudiera darme calor, ni albergue; que estuviera reducida al papel de un sueño; bastaba que existiera para llenar la noche con su presencia”.
Pasaron las horas. Las estrellas fueron desfilando por el cielo. Una vez a salvo, Saint-Exupéry habría de recordar, no el peligro, sino aquel inolvidable reencuentro con un remoto y dulce pasado.
La mayoría de nosotros rara vez experimentamos encuentros tan impresionantes con la belleza. Pero toda nuestra vida, por monótona y tediosa que pueda parecer, está continuamente impregnada de cosas raras y encantadoras. Lo importante es reconocerlas y aceptarlas en nuestra conciencia, convertirnos en buscadores de la elegancia de las cosas comunes.
El padre de la poeta Emily Dickinson corrió una noche a su iglesia y tiró de la cuerda de la campana. Sus vecinos salieron apresuradamente de casa. ¿Por qué tocaban a rebato? ¿Había un incendio? ¿Un accidente? No pasaba nada de eso. El señor Dickinson, subyugado por la belleza, estaba simplemente llamándolos a todos, para que admiraran un crepúsculo demasiado hermoso para disfrutarlo él solo.
Publicado por
Ana
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1/02/2009 09:16:00 PM
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Amor constante más allá de la muerte

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido:
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
FRANCISCO DE QUEVEDO
Al mirar el rostro de un esqueleto, un arqueólogo no puede evitar pensar que está observando a alquien que conocía las respuestas a muchas, si no todas, de las preguntas que él se está planteando. Por mi parte, sé que aunque esos huesos pertenecieron a un sujeto cuya cultura le hizo superficialmente distinto a mí, también sé que se estremecía con un viento frío, se aturdía con una copa de licor y, por la noche, los brazos de alguna mujer hacía que el ayer y el mañana carecieran de importancia. En éstas, y en casi todas las emociones humanas, somos iguales. Nuestras manos se tocan, pero el silencio de la eternidad nos separa.
IVOR NOËL HAME
Publicado por
Ana
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1/02/2009 01:43:00 PM
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