11 de enero de 2009

Lucía escribe...


Fui a la cabalgata de los Reyes Magos...
"y me en contre con mi a migo antonio no suvimo a un juego y luego cogi caramelos luego cuan do llegamo a la casa de lo abuelo mede jaron una nota que ponia que tenia que obede cer a mama
y me puse a llorar proque me trayeron un saco de car bon y luego el abuelo me llebo a su cuarto y alli es ta ban los regalos prarami
y prara la ana y el abuelo y el abuela y la lulu y de lo primo, fin"

2 de enero de 2009

La belleza


El filósofo y aviador Antoine de Saint- Exupéry tuvo que hacer una noche un aterrizaje forzoso en el desierto del Sahara. Solo, frente a la muerte, se tumbó en la arena y se dejó embargar por recuerdos de cosas bellas.
“Acudieron silenciosamente, como las aguas de un manantial, y al principio no pude comprender la dulzura que me estaba invadiendo. En algún sitio había un sombreado parque con abetos y tilos y una vieja casa muy querida por mí. Importaba poco que la casa estuviera muy lejos, que no pudiera darme calor, ni albergue; que estuviera reducida al papel de un sueño; bastaba que existiera para llenar la noche con su presencia”.
Pasaron las horas. Las estrellas fueron desfilando por el cielo. Una vez a salvo, Saint-Exupéry habría de recordar, no el peligro, sino aquel inolvidable reencuentro con un remoto y dulce pasado.
La mayoría de nosotros rara vez experimentamos encuentros tan impresionantes con la belleza. Pero toda nuestra vida, por monótona y tediosa que pueda parecer, está continuamente impregnada de cosas raras y encantadoras. Lo importante es reconocerlas y aceptarlas en nuestra conciencia, convertirnos en buscadores de la elegancia de las cosas comunes.
El padre de la poeta Emily Dickinson corrió una noche a su iglesia y tiró de la cuerda de la campana. Sus vecinos salieron apresuradamente de casa. ¿Por qué tocaban a rebato? ¿Había un incendio? ¿Un accidente? No pasaba nada de eso. El señor Dickinson, subyugado por la belleza, estaba simplemente llamándolos a todos, para que admiraran un crepúsculo demasiado hermoso para disfrutarlo él solo.

Amor constante más allá de la muerte



Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

FRANCISCO DE QUEVEDO


Al mirar el rostro de un esqueleto, un arqueólogo no puede evitar pensar que está observando a alquien que conocía las respuestas a muchas, si no todas, de las preguntas que él se está planteando. Por mi parte, sé que aunque esos huesos pertenecieron a un sujeto cuya cultura le hizo superficialmente distinto a mí, también sé que se estremecía con un viento frío, se aturdía con una copa de licor y, por la noche, los brazos de alguna mujer hacía que el ayer y el mañana carecieran de importancia. En éstas, y en casi todas las emociones humanas, somos iguales. Nuestras manos se tocan, pero el silencio de la eternidad nos separa.


IVOR NOËL HAME