La belleza
El filósofo y aviador Antoine de Saint- Exupéry tuvo que hacer una noche un aterrizaje forzoso en el desierto del Sahara. Solo, frente a la muerte, se tumbó en la arena y se dejó embargar por recuerdos de cosas bellas.
“Acudieron silenciosamente, como las aguas de un manantial, y al principio no pude comprender la dulzura que me estaba invadiendo. En algún sitio había un sombreado parque con abetos y tilos y una vieja casa muy querida por mí. Importaba poco que la casa estuviera muy lejos, que no pudiera darme calor, ni albergue; que estuviera reducida al papel de un sueño; bastaba que existiera para llenar la noche con su presencia”.
Pasaron las horas. Las estrellas fueron desfilando por el cielo. Una vez a salvo, Saint-Exupéry habría de recordar, no el peligro, sino aquel inolvidable reencuentro con un remoto y dulce pasado.
La mayoría de nosotros rara vez experimentamos encuentros tan impresionantes con la belleza. Pero toda nuestra vida, por monótona y tediosa que pueda parecer, está continuamente impregnada de cosas raras y encantadoras. Lo importante es reconocerlas y aceptarlas en nuestra conciencia, convertirnos en buscadores de la elegancia de las cosas comunes.
El padre de la poeta Emily Dickinson corrió una noche a su iglesia y tiró de la cuerda de la campana. Sus vecinos salieron apresuradamente de casa. ¿Por qué tocaban a rebato? ¿Había un incendio? ¿Un accidente? No pasaba nada de eso. El señor Dickinson, subyugado por la belleza, estaba simplemente llamándolos a todos, para que admiraran un crepúsculo demasiado hermoso para disfrutarlo él solo.
“Acudieron silenciosamente, como las aguas de un manantial, y al principio no pude comprender la dulzura que me estaba invadiendo. En algún sitio había un sombreado parque con abetos y tilos y una vieja casa muy querida por mí. Importaba poco que la casa estuviera muy lejos, que no pudiera darme calor, ni albergue; que estuviera reducida al papel de un sueño; bastaba que existiera para llenar la noche con su presencia”.
Pasaron las horas. Las estrellas fueron desfilando por el cielo. Una vez a salvo, Saint-Exupéry habría de recordar, no el peligro, sino aquel inolvidable reencuentro con un remoto y dulce pasado.
La mayoría de nosotros rara vez experimentamos encuentros tan impresionantes con la belleza. Pero toda nuestra vida, por monótona y tediosa que pueda parecer, está continuamente impregnada de cosas raras y encantadoras. Lo importante es reconocerlas y aceptarlas en nuestra conciencia, convertirnos en buscadores de la elegancia de las cosas comunes.
El padre de la poeta Emily Dickinson corrió una noche a su iglesia y tiró de la cuerda de la campana. Sus vecinos salieron apresuradamente de casa. ¿Por qué tocaban a rebato? ¿Había un incendio? ¿Un accidente? No pasaba nada de eso. El señor Dickinson, subyugado por la belleza, estaba simplemente llamándolos a todos, para que admiraran un crepúsculo demasiado hermoso para disfrutarlo él solo.


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