Ayer estabas empeñada en que ya no tienes agujeritos en las manos. Doscientas veces me enseñaste tus ocho agujeritos, que siguen siendo tan agujeritos como cuando eras un bebé, para qué vamos a engañarnos, pero tan pesada te pusiste diciendo que ya no los tienes, que tuve que reconocer que hay dos que ya casi se te han borrado y te quedaste tan conforme. Más o menos.
28 de diciembre de 2008
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