Querida Lucía:
Cuando todo esto se te olvide, yo estaré aquí para recordarte que hubo un tiempo en que eras tan pequeña que como más guapa te veías era con una ridícula felpa de la que salían dos antenas y estaba rematada por dos pompones plateados, y que te empeñabas en salir con eso a la calle. Por aquellos tiempos, aunque en realidad había empezado mucho antes, también tenías la costumbre de dar besos de vaca y de buscarte mierdecilla entre los dedos de los pies, eso te gustaba especialmente. Entonces también preguntabas cuántas veces tenías que dormir para que llegara el jueves, y todos tus muñecos tenían payuelas, aunque no se las habías contagiado tú, sino tus rotuladores, y cuando te preguntábamos que qué te había dicho el pediatra, contestabas: “Que nunca, nunca, nunca más coma lentejas”. Había cosas de las que no te cansabas nunca, como de que te contara la historia de aquella vez que me entró un murciélago, o de pedirme que te diera un beso para ponerme el calcetín en la nariz y entonces yo tenía que decir, ¡Dios mío, qué peste a queso gruyere!


