13 de enero de 2007



Querida Lucía:
Cuando todo esto se te olvide, yo estaré aquí para recordarte que hubo un tiempo en que eras tan pequeña que como más guapa te veías era con una ridícula felpa de la que salían dos antenas y estaba rematada por dos pompones plateados, y que te empeñabas en salir con eso a la calle. Por aquellos tiempos, aunque en realidad había empezado mucho antes, también tenías la costumbre de dar besos de vaca y de buscarte mierdecilla entre los dedos de los pies, eso te gustaba especialmente. Entonces también preguntabas cuántas veces tenías que dormir para que llegara el jueves, y todos tus muñecos tenían payuelas, aunque no se las habías contagiado tú, sino tus rotuladores, y cuando te preguntábamos que qué te había dicho el pediatra, contestabas: “Que nunca, nunca, nunca más coma lentejas”. Había cosas de las que no te cansabas nunca, como de que te contara la historia de aquella vez que me entró un murciélago, o de pedirme que te diera un beso para ponerme el calcetín en la nariz y entonces yo tenía que decir, ¡Dios mío, qué peste a queso gruyere!

El gallo plumón


-Querida Lucía, ¿quieres que te cuente el cuento del gallo pelao?
-Sí, no, sí, no, sí, no.


Y me hace tanta gracia, que te lo cuento.


Érase una vez un gallo que tenía un plumaje tan hermoso, que era conocido como el gallo plumón. El gallo plumón estaba un día tan aburrido que se subió al tejado para ver las cosas desde otra perspectiva. Entonces el viento, que también estaba aburrido, empezó a alborotarse y a soplar fuerte, fuerte alrededor del gallo plumón. Y tan fuerte sopló, que el viento se llevó hacia el norte todas las plumas del gallo plumón. Y así fue como el gallo plumón se convirtió en el gallo pelao. Pero no te preocupes, querida Lucía, esto no fue una desgracia. El gallo plumón, que a partir de aquel momento empezó a ser conocido como el gallo pelao, y que habíamos dejado encima del tejado desplumado y con el pico apuntando al norte, le dio al matrimonio de granjeros que lo criaban la idea de un próspero negocio: la veleta. Y entonces el gallo pelao se convirtió en el personaje más ilustre de su pueblo, y nunca tuvo frío porque la granjera era la mejor tejedora de chalecos de colores de la comarca.


Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.




La lagartija jacobina narró romances cesando dogmáticos ostracismos ostentosos. Sostenía abismos mostrencos, cosechando dogmas mastodontes, testando doctos tostones. Nescientemente tejía ajobos boscosos. Sospechaba babilónicos cosmos, mostraba bachillería abolenga, garabateando documentos toscos. Coscorrón roñoso solapaba baldíos ascetismos, moscardón donjuanesco, coñazo zopenco, cola laica, canalla llamada, dama mala, lagartija jacobina, narras rastreras raspaduras, ralo logo gorjea argucias asquerosas.