1 de julio de 2007

Bueno, querida, hoy había colgado una foto tuya en el blog en la que estás guapísima, pero mira tú por dónde tu abuela ha visto un melodrama sobre los peligros de internet y me ha exigido que quite todas las fotos que tenga expuestas. Y ya sabes cómo es tu abuela.

He estado releyendo a Hölderlin y me he dado cuenta de lo mayor que estoy. Ya soy más vieja que muchos muertos, concretamente diez años más vieja de lo que era él cuando empezó a escribir Hiperión. No es que haya dejado de parecerme hermosa su obra (de hecho le he robado unas palabras para encabezar tu blog), es que encuentro que ya hace mucho tiempo que pasé y me conmoví por las cosas que hoy me contó, la verdad es que cuando te das cuenta de eso te da una pena que te ahogas.

Todo esto me ayudó a rescatar del olvido una conversación que mantuve hace mucho con tu abuelo sobre los muertos que están en el cielo. Recuerdo que nos reímos muchísimo, pero que también me dejó profundamente intrigada, aunque no tanto como para tener ganas de ir a investigarlo. Te cuento, el padre de tu abuelo murió muy joven, mucho más joven de lo que era él cuando hablamos de aquellas cosas, y nos preguntábamos si habría envejecido allí en el cielo, porque de lo contrario todos los demás muertos iban a pensar que el hijo era el padre y el padre era el hijo, y, lo que es peor, a lo mejor ni se reconocían. Si Hölderlin me leyera seguro que me preguntaría si no es el mundo lo bastante mezquino como para buscar todavía fuera de él a Algún Otro. Tú ni caso, a tus fantasías, que ya le contestaré yo que si no fue él quien dijo que el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona, y cuando el entusiasmo desaparece, ahí se queda, como un hijo pródigo a quien el padre echó de casa, contemplando los miserables céntimos con que la compasión alivió su camino.