1 de febrero de 2006

Verano


Solíamos ir a comernos la merienda allí donde terminaban las casas, los almendros, los campos, la tierra que subir, allí arriba, a la Cruz de la Atalaya, sol a través. Nos parecía que en la cima de aquel montecillo terminaba toda la vida. Los vientos giraban enloquecidos sobre la cruz oxidada en la que siempre había anudados los mismos ramos de flores marchitas. Ella siempre se sentaba delante y dándome la espalda, en la misma piedra desde la que podía espiar su perfil. Sólo cuando recuperaba la respiración sacaba el bocadillo y venía a sentarse a mi lado. Entonces comía sin mirarme, señalándome con la barbilla un pájaro o una nube o lanzando piedras contra una lata vieja. Cuando terminaba el bocadillo se ponía en pie de un salto y andurreaba el lugar inspeccionando con cuidado, como si fuera a encontrar algo nuevo e importantísimo que hasta entonces habíamos ignorado. Yo me quedaba clavado a los pies de la cruz un poco fastidiado de esos saltos que siempre me parecían repentinos, pensando en lo rara que era su cara ahora que había tenido tres minutos para mirarla de cerca, en lo rara y lo desconocida que me parecía su cara durante esos tres minutos en los que la miraba de cerca.
-Pedro me dijo que nos espera a las siete y media, antes no, dice que su madre está harta de que no haga los deberes y de que no duerma la siesta.
-Tú y Pedro sois tontos- contestó dándome un puntapié.
Yo siempre había esquivado sus puntapiés, solían ser la excusa para estar media hora corriendo delante de ella, pero aquel día me dio de lleno y yo le respondí con otro en un tobillo. Fue un puntapié de goleador. La rabia y el dolor asomaron a sus ojos, pero no permitió que se le escurriera ni una lágrima. Bajó el monte en silencio. Yo iba detrás viendo cómo arrastraba el pie y pensando en el dolor que le impedía articular el tobillo, en el dolor que me impedía articular palabra, en si alguna vez había sentido eso después de darle una patada a Pedro.