Ahora va a ese tipo de restaurantes en los que un pingüino que parece un camarero apostado frente a su mesa los vigila durante toda la cena. La conversación es agradable e interesante, la comida exquisita. Él la ama, lo cual excluye cualquier cosa que pueda herirla de algún modo. Hace tiempo que él comprendió que enfadarse con ella es absurdo, así que él nunca se enfada con ella, de la misma forma que nadie se enfadaría con una tormenta de verano por haberle estropeado un día de playa. Él sobre todo procura su bienestar y su tranquilidad, siempre se lo explica en largas peroratas en las que acaba mirando hacia atrás buscando eso en lo que ella fija la mirada: una pared blanca, una ventana, un cuadro, un perchero, y aunque su falta de atención lo exaspera porque golpea directamente en su seguridad, sus principios y su convencimiento honesto de que así son las cosas, nunca se enfada con ella porque sería como enfadarse con una tormenta de verano.
-Te quiero -dice él inesperadamente.
-Eso no es verdad -contesta ella sin ganas- Cómo querer a alguien sin herirlo, sin tratarlo de igual a igual. En cualquier caso, qué más da eso, yo no te quiero. Me voy, sería una bufonada seguir aquí sentada esperando el postre.
Con Nacho había sido otra cosa. Solían ir a un restaurante horrible con manteles de papel y cabezas de ciervo colgando de las paredes. Un cartelito mentía en el cristal de la fachada, “Local Climatizado”, la temperatura era antártica, así que les encantaba sobre todo en verano. La señora del restaurante, una matrona oronda con sofocos menopáusicos, eterna y afectuosamente enfadada con todo el mundo, clientes y empleados por igual, les regañaba si se encendían un cigarrillo antes de que les trajera las natillas o si no dejaban el plato limpio, a lo que no se atrevían a contestar otra cosa que no fuera lo bueno que estaba todo o que ponía tanta comida, nunca a declarar que con ese jabalí ahí mirando no se podían acabar la carne en salsa.
Aquella mañana probablemente se habrían estado riendo por cualquier cosa, y ella habría dicho algo que de repente habría terminado por desbordar la alegría de Nacho y por eso Nacho cogió un palillo de dientes que imprevisiblemente clavó en la mano de ella de un golpe rápido y certero, aunque quizá fuera al revés, pero no, porque Nacho nunca pudo ver sangre, por eso cuando vio la gota de sangre y el palillo clavado llegó a marearse, y tuvo que venir la señora a retirar el inexplicable palillo de dientes clavado en la mano de ella y a secarle a Nacho la cara con una servilleta a la vez que le hacía aire con el delantal antes de que se desmayara sobre el mantel de papel encharcado de cerveza, porque ella, cómo no, ya le había tirado la cerveza a la cara y le había dicho que era un idiota y que se fuera a la mierda. Y así habían pagado la cuenta y habían salido del restaurante, gritándose como locos calle arriba mientras todo el sol de las cuatro de la tarde les caía encima como una explosión nuclear. Dos días después bajaban la misma calle riendo como locos, o quizá discutiendo como locos otra vez, y se quedaron paralizados cuando vieron que el restaurante había ardido y los ciervos y las mesas eran recuerdos carbonizados, y toda la pena del mundo se agolpó en las manos temblorosas de ella y en la cara pálida de él, y no tuvieron más remedio que ponerse a llorar. Por cosas así con Nacho había sido distinto.
-Te quiero -dice él inesperadamente.
-Eso no es verdad -contesta ella sin ganas- Cómo querer a alguien sin herirlo, sin tratarlo de igual a igual. En cualquier caso, qué más da eso, yo no te quiero. Me voy, sería una bufonada seguir aquí sentada esperando el postre.
Con Nacho había sido otra cosa. Solían ir a un restaurante horrible con manteles de papel y cabezas de ciervo colgando de las paredes. Un cartelito mentía en el cristal de la fachada, “Local Climatizado”, la temperatura era antártica, así que les encantaba sobre todo en verano. La señora del restaurante, una matrona oronda con sofocos menopáusicos, eterna y afectuosamente enfadada con todo el mundo, clientes y empleados por igual, les regañaba si se encendían un cigarrillo antes de que les trajera las natillas o si no dejaban el plato limpio, a lo que no se atrevían a contestar otra cosa que no fuera lo bueno que estaba todo o que ponía tanta comida, nunca a declarar que con ese jabalí ahí mirando no se podían acabar la carne en salsa.
Aquella mañana probablemente se habrían estado riendo por cualquier cosa, y ella habría dicho algo que de repente habría terminado por desbordar la alegría de Nacho y por eso Nacho cogió un palillo de dientes que imprevisiblemente clavó en la mano de ella de un golpe rápido y certero, aunque quizá fuera al revés, pero no, porque Nacho nunca pudo ver sangre, por eso cuando vio la gota de sangre y el palillo clavado llegó a marearse, y tuvo que venir la señora a retirar el inexplicable palillo de dientes clavado en la mano de ella y a secarle a Nacho la cara con una servilleta a la vez que le hacía aire con el delantal antes de que se desmayara sobre el mantel de papel encharcado de cerveza, porque ella, cómo no, ya le había tirado la cerveza a la cara y le había dicho que era un idiota y que se fuera a la mierda. Y así habían pagado la cuenta y habían salido del restaurante, gritándose como locos calle arriba mientras todo el sol de las cuatro de la tarde les caía encima como una explosión nuclear. Dos días después bajaban la misma calle riendo como locos, o quizá discutiendo como locos otra vez, y se quedaron paralizados cuando vieron que el restaurante había ardido y los ciervos y las mesas eran recuerdos carbonizados, y toda la pena del mundo se agolpó en las manos temblorosas de ella y en la cara pálida de él, y no tuvieron más remedio que ponerse a llorar. Por cosas así con Nacho había sido distinto.






