26 de junio de 2005


Ahora va a ese tipo de restaurantes en los que un pingüino que parece un camarero apostado frente a su mesa los vigila durante toda la cena. La conversación es agradable e interesante, la comida exquisita. Él la ama, lo cual excluye cualquier cosa que pueda herirla de algún modo. Hace tiempo que él comprendió que enfadarse con ella es absurdo, así que él nunca se enfada con ella, de la misma forma que nadie se enfadaría con una tormenta de verano por haberle estropeado un día de playa. Él sobre todo procura su bienestar y su tranquilidad, siempre se lo explica en largas peroratas en las que acaba mirando hacia atrás buscando eso en lo que ella fija la mirada: una pared blanca, una ventana, un cuadro, un perchero, y aunque su falta de atención lo exaspera porque golpea directamente en su seguridad, sus principios y su convencimiento honesto de que así son las cosas, nunca se enfada con ella porque sería como enfadarse con una tormenta de verano.

-Te quiero -dice él inesperadamente.
-Eso no es verdad -contesta ella sin ganas- Cómo querer a alguien sin herirlo, sin tratarlo de igual a igual. En cualquier caso, qué más da eso, yo no te quiero. Me voy, sería una bufonada seguir aquí sentada esperando el postre.

Con Nacho había sido otra cosa. Solían ir a un restaurante horrible con manteles de papel y cabezas de ciervo colgando de las paredes. Un cartelito mentía en el cristal de la fachada, “Local Climatizado”, la temperatura era antártica, así que les encantaba sobre todo en verano. La señora del restaurante, una matrona oronda con sofocos menopáusicos, eterna y afectuosamente enfadada con todo el mundo, clientes y empleados por igual, les regañaba si se encendían un cigarrillo antes de que les trajera las natillas o si no dejaban el plato limpio, a lo que no se atrevían a contestar otra cosa que no fuera lo bueno que estaba todo o que ponía tanta comida, nunca a declarar que con ese jabalí ahí mirando no se podían acabar la carne en salsa.
Aquella mañana probablemente se habrían estado riendo por cualquier cosa, y ella habría dicho algo que de repente habría terminado por desbordar la alegría de Nacho y por eso Nacho cogió un palillo de dientes que imprevisiblemente clavó en la mano de ella de un golpe rápido y certero, aunque quizá fuera al revés, pero no, porque Nacho nunca pudo ver sangre, por eso cuando vio la gota de sangre y el palillo clavado llegó a marearse, y tuvo que venir la señora a retirar el inexplicable palillo de dientes clavado en la mano de ella y a secarle a Nacho la cara con una servilleta a la vez que le hacía aire con el delantal antes de que se desmayara sobre el mantel de papel encharcado de cerveza, porque ella, cómo no, ya le había tirado la cerveza a la cara y le había dicho que era un idiota y que se fuera a la mierda. Y así habían pagado la cuenta y habían salido del restaurante, gritándose como locos calle arriba mientras todo el sol de las cuatro de la tarde les caía encima como una explosión nuclear. Dos días después bajaban la misma calle riendo como locos, o quizá discutiendo como locos otra vez, y se quedaron paralizados cuando vieron que el restaurante había ardido y los ciervos y las mesas eran recuerdos carbonizados, y toda la pena del mundo se agolpó en las manos temblorosas de ella y en la cara pálida de él, y no tuvieron más remedio que ponerse a llorar. Por cosas así con Nacho había sido distinto.

19 de junio de 2005

El Seísmo


A las tres y veinte de la madrugada, una fuerte sacudida acompañada de un ruido profundo despertó a toda la ciudad y dejó sin luz a buena parte de ella.

Los habitantes del Edificio Generalife salieron en tropel escaleras abajo, presos de la histeria colectiva porque el inmueble estaba provisionalmente apuntalado con motivo de unas obras que ya hacía tiempo eran eternas, consecuencia de una estafa de la empresa constructora.

Cuando parecía que ya no cabía más gente en el portal, alguien encendió un mechero, iluminando a doña Florita (en camisón y sin dientes, Primero B) y a doña Encarnita (en camisón, sin dientes y sin sonotone, Primero B), que bajaban torpemente las escaleras y llevaban detrás una cola de vecinos impacientes.

Don Eusebio, (Quinto B, empleado de banca jubilado y Presidente de la Comunidad), pidió que se encendieran más mecheros y que se hiciera un recuento rápido de los que todavía faltaban por bajar, ya que estaba escuchando en la radio, la cual don Eusebio llevaba permanentemente adosada a la oreja, que “no se podía descartar una réplica del seísmo, que podría ser ipso facto, hecho que no estaba facultado, ojo, ni él ni nadie, a pronosticar, debido a la imposibilidad de previsión en los movimientos de las placas tectónicas”.

Don Ramón, (Cuarto C, maestro de escuela y Tesorero de la finca), comenzó a pasar lista de los vecinos empezando por los del Primero A, que, siguiendo sus indicaciones, tenían que contestar “presentes”. No había pasado don Ramón de los del Segundo B, cuando doña Teresa (sus labores) y doña Juanita (ludópata), del Quinto C y D respectivamente, habían llegado a la conclusión de que faltaban los Rodríguez, (Quinto A, recién casados), don Ernesto (Tercero C, guapísimo ingeniero, amante, según las malas lenguas de doña Elena, enfermera, separada, Tercero D) y Matías (el chaval del Ático, estudiante). Doña Juanita, cuyo dormitorio daba pared con pared con el de los Rodríguez, informó debidamente a don Ramón, y, cuidado, sólo lo hacía porque, en su calidad de Tesorero, estaba haciendo recuento de los vecinos que aún no habían evacuado sus domicilios, de que estos no habrían percibido el seísmo porque hacia la hora de la hecatombe, el lecho conyugal era en sí mismo el epicentro de otra convulsión estremecedora, y que aprovechaba la ocasión para poner en conocimiento del Tesorero, como miembro legítimo de la Junta de Vecinos, que desde que los Rodríguez se habían trasladado al Edificio Generalife, no había tenido ni una sola noche de descanso continuo.

Don Eusebio (Quinto B, Presidente), propuso enviar al Ático, al Quinto A y al Tercero B, una expedición con los vecinos más preparados para tal operación de rescate de los ausentes, que, a su juicio, eran don Rafa (Bombero, Primero C) y don Antonio (Cuerpo de Montaña de la Guardia Civil, Segundo A).

Doña Encarnita (Primero B, en camisón, sin dientes y sin sonotone), pidió encarecidamente al recién comisionado Cuerpo de Rescate que pasara por su piso y le bajara las pastillas de la tensión, su bata de guatiné, su dentadura y su sonotone, el retablo del Sagrado Corazón de Jesús (en Vos confío), y su labor de croché. El bombero, visiblemente envalentonado por la autoridad que le había sido conferida, dijo que no le traería nada más que las pastillas de la tensión. Doña Teresa (Quinto C, sus labores), doña Juanita (Quinto D, ludópata), doña Florita (Primero B, también en camisón y sin dientes, hermana de doña Encarnita), saltaron sobre don Rafa (Bombero, Primero C) como gallinas cluecas, haciendo valer los derechos de la pobre anciana, y exigiendo que se le proporcionara también una hamaca de la playa que doña Teresa tenía en el balcón, porque sus tobillos estaban empezando a hincharse de forma preocupante. Doña Juanita (Quinto D, ludópata), añadió que en vista de que iban a pasar por el piso de doña Teresa (Quinto C, sus labores) a por la hamaca para doña Encarnita (Primero B, la hermana sorda), no costaba nada que la expedición hiciera una breve incursión en el suyo (Quinto D), y bajara el juego de la lotería que estaba en el armario empotrado del pasillo. Doña Florita (Primero B, hermana de doña Encarnita, la anciana sorda) protestó, informando a todos los vecinos de que tanto ella como su hermana eran señoras decentes y de buenas costumbres, y que no estaba, y menos a su edad, dispuesta a probar ninguna de las actividades ludopáticas de doña Juanita (Quinto D), en las que se empieza con un cartoncito de bingo y se acaba fumando y bebiendo anís, y que esa noche doña Juanita (Quinto D, ludópata), no iba a jugar a otra cosa que no fuera a rezar el Santo Rosario, pidiendo la Intercesión de la Santísima Virgen María (Ruega por nosotros) para que no hubiera réplica del seísmo, y que en el primer cajón de su mesita de noche, había una cajita de lata con varios rosarios de palo de rosa, cajita que don Rafa y don Antonio (Bombero, Primero C y Guardia Civil de Cuerpo Especial de Montaña, Segundo A, respectivamente), tuvieran a bien bajar y que, por favor, no se olvidaran del sonotone de su hermana, porque de ser así, no habría forma de rezar un Rosario en condiciones. Doña Juanita (Quinto D, sus labores, ludópata), decidió conformarse con la propuesta de doña Florita (Primero C, en camisón y sin dientes), convencida de que sería la más rápida y la más hábil pasando las cuentas del rosario, y que eso iba a ser más excitante que cantar muchas líneas. Por su parte, doña Teresa (Quinto C, sus labores), que estaba dispuesta a jugar a lo que fuera, en ese momento tenía centrada toda su atención en las pistoleras de doña Elena (Tercero C, enfermera, separada y amante, claro estaba, de don Ernesto, Tercero B), porque había que ver el avío que hacía una faja, resumió dándole un codazo a doña Juanita (Quinto D, ludópata) y apuntando con la nariz engurruñida a las pistoleras de doña Elena (Tercero C, enfermera, separada, amante de don Ernesto, bendito sea Dios).

Estaba a punto de adentrarse la expedición en la oscuridad de la escalera sin más equipo que un par de encendedores prestados, cuando don Ernesto entró en el portal (Tercero B, Ingeniero, alto, guapo, rico y posible amante, según las malas lenguas de doña Elena, enfermera, separada, grandes pistoleras, Tercero C, qué suerte tienen algunas). Don Ernesto, impecablemente vestido de Armani, más deseable, si cabía, que de costumbre para el público femenino, y más odiable, si cabía, que de costumbre para el masculino, porque los caballeros que ocupaban el portal vestían pijamas descoloridos o ropa deportiva los más elegantes, informó que venía de una reunión de negocios y que le gustaría subir a su casa (Tercero B) a descansar, cosa que don Eusebio (Quinto B) desaconsejaba en calidad de Presidente de la Comunidad por el peligro inminente de una réplica del seísmo. Don Manolo (Quinto D, marido de doña Juanita, ludópata ella, propietario del Bar “La esquina” él), con un espantoso pijama gris en el que no cabían más bolitas y del que colgaba una espantosa taleguilla piltrafera, propuso que se permitiera a don Ernesto subir a su casa (Tercero B) a descansar, con el oscuro y secreto deseo de que hubiera una réplica del seísmo y el deslumbrante ingeniero muriera irremisiblemente aplastado, propuesta a la que don Eusebio (Quinto B, empleado de banca jubilado y Presidente de la comunidad) siguió negándose ya que su misión era velar y proteger la integridad de todos y cada uno de sus vecinos. Y era por el bienestar de todos sus vecinos, por lo que proponía don Eusebio que se trasladaran a la Sala de Juntas, anexa al edificio, en la que estarían más seguros por ser de una sola planta y más cómodos por haber sillas para todos, en cuanto don Rafa (Primero C, Bombero) y don Antonio (Segundo A, Guardia Civil del Cuerpo de Montaña) regresaran con los vecinos no presentes.

Partió por fin la expedición de rescate hacia la oscuridad implacable de la escalera, sin más equipo, como íbamos diciendo que un par de encendedores prestados y varios manojos de llaves que les proporcionaban la Santa compañía de Nuestra Señora del Pilar, Nuestra Señora de Montserrat, Santiago Apóstol, Patrón de España (Primero B), y Frutería Paquito (Quinto C). Era conmovedor verlos subir valientemente las escaleras, a pesar de los aullidos poco tranquilizadores de los dos perros de la comunidad, que no habían parado de moverse, inquietos, toda la noche, y a pesar del llanto de sus niños, los vecinos más pequeños. Y, será la madera del héroe, que todavía tuvieron fuerzas para pronunciar unas palabras de entereza y consuelo a sus esposas (doña Pepi, Primero C, esposa del Bombero y doña María, Segundo A, esposa del Guardia Civil), que se hacían la firme y sincera promesa, con el corazón lleno de culpa, de no mirar en lo que les quedara de vida a don Ernesto (Tercero B, el guapo ingeniero), porque lo que tenían en casa superaba con creces las terrenales cualidades de semejante Casanova.

No habían transcurrido dos minutos de la partida de la expedición, cuando doña Pepi (Primero C, esposa del Bombero), rompió el tenso y expectante silencio del portal con un desgarrador “¡Rafa!, ¡pichurri!, ¡ya no hace falta que vayáis al Ático!, ¡el Matías acaba de llegar de la calle!”, y todos clavaron las miradas en el Matías, que, por su parte, la tenía clavada en Cristina (Cuarto A, pelirroja, compañera de piso de Charo y Belinda, estudiantes todas), a la cual era incapaz de mirar sin que un violento temblor sacudiera su cuerpo de abajo arriba, cosa que siempre le recordaba la gelatina verde que le hace su madre, porque cuando la veía no podía imaginar otra cosa que no fuera a la pelirroja clavándole las uñas en la espalda.

La Réplica


No era el deseo, sin embargo, lo que sacudía el cuerpo de Ático como si de la gelatina verde que le hace su madre se tratara, sino la gripe. Alarmado don Quinto B por las sacudidas del muchacho, volvió a romper el tenso y expectante silencio del portal gritándoles a Primero C y Segundo A que bajaran mantas y paracetamol. Pelirroja Cuarto A, arrebatada por el brillo que la fiebre producía en la no menos arrebatada mirada de Ático, se preguntaba por qué habría desairado tantas veces al chaval, y, si pudo dominar un impulso inminente que le estaba naciendo, sólo Dios sabría de dónde, de arrojarse en los brazos del estudiante, fue porque las inquisidoras miradas de doñas Primero B y Quintos C y D la devolvieron a la realidad. Decidió comunicar tan vehementes sentimientos a sus compañeras de piso:

-Tías, me gusta el Matías, tías.
- ¿El Matías, tía?, qué fuerte, tía.
-Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte, tía.
-Fuerte no, tías, megafuerte. ¿Qué hago, tías?
-Tía...
-Uf, tía...
-Ya, tías pero me acabo de dar cuenta de que me gusta el Matías, tías. De verdad, qué fuerte soy, tías.

Por fin se distinguió en la escalera un tenue haz de luz, era la linterna del casco de bombero de don Primero C que, con una bolsa de Mercadona en una mano y la hamaca de doña Primero B en la otra, encabezaba la exitosa expedición de recate, lo seguía doña Quinto A, con cara de espanto, el pelo revuelto y vestida con un sugerente picardía rojo, bajaba en tercer lugar don Quinto A, igualmente despeinado, espantado y descalzo, y vistiendo un no menos sugerente salto de cama en tonos pastel, lo primero que a tientas encontró el infeliz cuando los miembros de la expedición aporrearon la puerta de su piso. Cerraba la marcha don Segundo A, con su mochila del Cuerpo de Recate de la Guardia Civil a la espalda y un par de linternas en ambas manos. Todos fueron recibidos con vítores y enloquecidos aplausos en el portal.

-Mis estimados vecinos, silencio, por favor. -dijo visiblemente emocionado don Quinto B- Ahora sí estamos todos, y con esta alegría de encontrarnos todos juntos y a salvo en tan dramática noche, trasladémonos a la Sala de Juntas. Lo primero será acomodar a los enfermos: pongo en conocimiento de todos que el joven Matías presenta un cuadro de malestar general y fiebre alta, por lo que ruego a doña Elena que en su calidad de enfermera tenga a bien atenderlo, así como a doña Encarnita, cuya hinchazón de tobillos no podemos seguir ignorando. Asimismo, ruego a nuestros inestimables héroes, don Rafa y don Antonio, sigan poniendo a nuestro servicio sus amplios conocimientos en lo que a materias de supervivencia se refiere, seguro estoy de que serán capaces de improvisar en la Sala de Juntas un campamento como Dios manda, y en el que nuestras necesidades básicas quedarán cubiertas. Y ahora, mis queridos vecinos, todos a la Sala de Juntas.

Ya en la Sala de Juntas, doña Tercero C, don Primero C y don Segundo A se entregaron a una actividad frenética, encendieron velas y un camping gas, pusieron a joven Ático sobre la mesa de la sala a modo de camilla y lo taparon con una manta térmica del Cuerpo de Rescate de la Guardia Civil. “Tía, parece un pollo asado envuelto en papel albal” , dijo una de las chicas Cuarto A a pelirroja Cuarto A, que se preguntó si sería por eso por lo que babeaba al mirarlo, tía. A doña Sonotone Primero C le facilitaron su hamaca, un taburete y tres cojines para que pudiera poner las piernas en alto.

-¡Encarnita!, ¡regula el sonotone, Encarnita!, ¡que se está acoplando! –gritó a su hermana doña Primero B- Bueno, a ver si Encarnita termina de regular el trasto ese, hala, un rosario para cada una, que empezamos, recemos con devoción a nuestra Santísima Madre para que no haya otro terremoto, que el Señor nos ampare y nos escuche. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
-Amén –contestaron Sonotone Primero B y Quintos C y D.
-Dios mío, ven en mi auxilio –dijo Primero B.
-Señor, date prisa en socorrerme –contestaron Sonotone Primero B y Quintos C y d.
-Gloria al Padre... –dijo Primero B.
-Como era en el principio... –contestaron Sonotone Primero B y Quintos C y D .
-Primer misterio, El bautismo de Jesús en el río Jordán... Padre nuestro que estás en el cielo... –dijo Primero B.
-...santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino... –contestaron Sonotone Primero B y Quintos C y D.

Don Tercero C se aflojó el nudo de la corbata previendo que la noche iba a ser larga, y se dijo que si por lo menos doña Tercero D no estuviera tan atareada con joven Ático y viniera a charlar un rato a su lado no le estarían dando ganas de sumergir las cabezas de las ancianas en aguas del Jordán.

-...Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Por favor, don Ernesto, salga a fumar al jardín que Encarnita está muy delicada de los bronquios. Segundo Misterio, Jesús y María en las bodas de Caná... Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya todos están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora... Dios te salve, María, llena eres de gracia...
-El Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres...
-Vecinos- comenzó a sugerir don Quinto D- hablando de vino, me voy a dar un salto a mi bar a por material para prepararnos unos cacharritos y algo para picotear, ya ajustaré cuentas con don Eusebio, que digo yo que la Comunidad tendrá alguna partida reservada para imprevistos, que vaya cenizo si no, con el Matías ahí subido y las velitas y los rezos, que parece que lo estamos velando.
-Guay, tías, botellón- contestó entusiasmada una de las chicas Cuarto A.

Don Quinto B y don Cuarto C se ofrecieron a acompañarlo en lo que don Quinto B calificó como “conveniente incursión en busca del siempre necesario aprovisionamiento de víveres de cuya cuenta por supuesto responderá la Comunidad”. Pero no sólo de pan vive el hombre, había dicho don Quinto D, de modo que regresaron a la Sala de Juntas con todo el material necesario para organizar una fiesta en el jardín, además de comida, don Quinto D se trajo su acordeón y varias botellas de ron y güisqui. Doñas Primero B ambas dos se negaron a probar una tapita de jamón mientras tuvieran el Sagrado Rosario entre las manos, pero doñas Quintos C y D, alegando que es que a ellas los nervios les da mucho hambre, abandonaron el sacro círculo para sumarse a la fiesta.

-...Por los siglos de los siglos, Amén. Cuarto Misterio, la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor, ... Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué hermoso es estarnos aquí! Si quieres, haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»... Padre nuestro que estás en los cielos... -dijo doña Primero B.
-Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino... -Contestó doña Sonotone Primero B.

“De verdad, qué bien estamos aquí”, pensó Pelirroja Cuarto A que, cuando don Quinto D y compañía vinieron con los víveres para la fiesta, le había dicho voluntariosamente a doña Tercero D que saliera al jardín a divertirse, que ella la relevaría, y desde entonces no se había movido del borde de la mesa de joven ático, cosa que doñas Primero B habían elogiado de la joven entre misterio y misterio, mírala la chiquilla, qué devoción mariana, qué acompañar a los enfermos, y eso que sus amigas han salido al jardín nada más escuchar el acordeón, y ahí estarán bailando tangos con todos los hombres casados de la Comunidad y bebiendo como pecadoras, que la Magdalena las guíe, amén. Sin embargo, ironías de la vida, un don Cuarto C inusualmente zalamero por efecto de los vapores etílicos, entró en ese momento en la Sala de Juntas con una Cuarto A en cada brazo, y con monerías y carantoñas supo ganarse a doñas Primero B para que los acompañaran al jardín, “Vamos, que no decaiga la fiesta, que me ha dicho un pajarito que usted bailaba muy bien en sus tiempos mozos, doña Florita, enseñe a las niñas a bailar pasodobles, por caridad cristiana, que ahora mismo me llevo yo la hamaca de doña Encarnita para que tome el fresquito ahí fuera, venga, una lagrimita de Patxarán, que ya verán que bueno está, y dejen a la Virgen descansar un rato, que ya es muy tarde, y si hay réplica y nos quedamos sin casas, ya responderá la constructora”. En menos de diez minutos doña Sonotone Primero B, patxarán en mano, cantaba jaleada por las niñas Cuarto A con su hilillo de voz que a ella se la podía besar en la mano o se la podía dar un beso de hermano, pero que un beso de amor no se lo daba a cualquiera, mientras doña Primera B, uy qué sofoco, don Ramón, a mi edad, y don Cuarto C, ole, doña Florita, vivan las mujeres con gracia, les enseñaban a las chicas Cuarto A a bailar pasodobles. La alegría y el ron corrían a raudales, y claro, Rafa, pichurri, qué valiente eres, ven que te diga una cosita. Ay, Manolo, qué bien tocas el acordeón, Manolo. Doña Juanita, qué hermosura el destello de sus ojos con la luz de esta luna. Elena, necesito un masaje en la espalda. Antonio, quiero verte con el tricornio, no lo habrás echado en la mochila, ¿no?. Cómo te sienta el rojo, chata, mientras que en la Sala de Juntas:

-Matías, tío, tengo que decirte una cosa, que me gustas. Mucho, tío.
-Qué fuerte, tía, Cristina. Tú también a mi, tía. Cristina, tía, ¿y si nos vamos detrás de un seto y me clavas las uñas en la espalda?
-Guay, tío.

Ático dio un salto de la mesa y corrió con Pelirroja Cuarto A a los jardines de la Comunidad en busca de un seto, tarea que resultó imposible porque todos los setos estaban ocupados por Quinto A con Quinto A, Tercero C con Tercero D, Primero C con Primero C, Segundo A con Segundo A, Quinto D con Quinto D y Quinto C con Quinto B, de modo que no les quedó más remedio que parapetarse en medio del césped debajo de la manta térmica, la cual estuvo crepitando y brillando escandalosamente bajo la luz de la luna durante lo que quedó de noche.

Fue al alba y “en plena bacanal”, como le gusta referir a don Quinto B, “cuando los espíritus de Dionisos y Cupido campaban a sus anchas por los jardines de la Comunidad, cuando Gea y Hades se confabularon y nos enviaron, pobres mortales, la tan temida réplica: primero un ruido profundo que venía de las mismísimas entrañas de la tierra, después el espantoso temblor y por último la caída estrepitosa del Edificio Generalife”.

-¡Pa habernos matao! -exclamó don Quinto D levantando la cabeza por encima de las piernas de doña Quinto D.

A little dream


Unos dedos rasgan un bajo, pero es ella la que recibe la cosquilla y empieza a vibrar en un acto reflejo que le llega hasta el pie en forma de pisotón en el acelerador Stars shining right above you, night breezes seem to whisper: I love you, birds singing in the sycamore trees, dream a little dream of me. El aire frío de la noche entra por las ventanillas, la invita a sacar su mano izquierda, a abandonarla contra su corriente, a volarle el pelo, y ella a cambio lo obsequia con las notas brillantes de un piano prolijamente acariciado que salen de la radio, las siente salir de puntillas por la palma de su mano y saltar en el trampolín de las yemas, invaden la noche como luciérnagas, While I’m alone as blues as can be, dream a little dream of me, y la vida deja de ser civil y comienza a ser imprevisible, porque ella es algo más que alguien que va dentro de un coche por las calles de una ciudad cualquiera, es una centella de swing que recorre la noche con el pie pegado al acelerador, y a su paso colorea semáforos, centros de salud, tiendas y hoteles, liberándolos de la sobriedad de las luces municipales. Sweet dreams till sunbeams find you, sweet dreams that leave al worries behind you, but in your dreams whatever they be, dream a little dream of me. El piano y el bajo le hacen burla a la vida, y el intérprete se ha debido de meter las manos en los bolsillos y ha comenzado a silbar la melodía, Stars fading but I linger on dear, still craving your kiss I’m longing to linger till dawn dear just saying this y cómo no buscar la compañía de la luna en un momento como éste, que guiñándole un ojo le grita que se muere de ganas de tener un tremendo trasero para moverlo al ritmo de ese bajo Dream a little dream of me, lo que sin duda es una provocación, pero quién se lo impide aparte de ese energúmeno que le ladra con el claxon que el semáforo ya está en verde, y qué importa eso una vez que sweet dreams that leave all worries behind you, así que nadie, por eso se quita las sandalias, corre hacia la glorieta y recibe la lluvia artificial de los aspersores. Dream a little dream of, dream a little dream of, dream a little dream of me.

14 de junio de 2005




Querida Lucía,

Juanba me envió un e-mail proponiéndome un juego: escribir un texto que contenga "El amor de mi vida" y "Subterráneo". A él le dedico lo que me ha salido:


El amor de mi vida me dibuja cada día un cielo nuevo,
Cielos de amapolas,
Cielos brillantes,
De pompas de luz de luna
y margaritas de caramelo.
Cielos de estrellas fugaces,
De cometas fijos,
Cielos de Bagdad y de Van Gogh,
Cielos sobre un lecho subterráneo,
Cielos de agua y de hielo,
Cielos de estalactita y coral,
De serpentina, arena y fuego.
Mi amor me dibuja un cielo de primaveras,
Florece un cielo de bosques
Dentro de un cielo de trébol
Dentro de un cielo de menta
Y pone encima de todos un cielo de manzanas verde intenso.
Mi amor me dibuja cielos enladrillados
Y los encapota de sueños,
Cielos de aros de humo,
De pentagramas eternos,
Cielos donde a las nubes les brota la flor del almendro
Y de las flores brotan albatros,
Y de sus picos brotan más cielos
Y de los cielos pianos de cola
Y de las colas valses y besos
Y de los besos cielos donde nuestras risas son esquimalitos
Frotándose la nariz,
Y de las narices brotan cielos de millones de páginas
Que contienen todos los versos,
Y de los versos cielos celestes, azules, marinos,
Donde las olas rompen en cielos.

11 de junio de 2005


Querida Lucía,

Hay dos adverbios de lugar, Aquende y Allende, que me presionan para escribir. Yo sigo estancada en el pretérito imperfecto de subjuntivo, que me invita a la duda o la posibilidad remota, remotísima, enfatiza el superlativo. Día y noche me persigue una yuxtaposición de sustantivos: atrevimiento, audacia, resolución, esto es, dice la conjunción, osadía, corsaria, osadía. Sin embargo, contradice la adversativa aliada con el imperativo, déjala en paz, se pasa el día midiendo, añade un gerundio. Escribir, escribir, escribir, martillea un infinitivo, no escribes nada, ya salió la negación, a ver, ¿no más nada es algo?, ¿es todo?, ¿sigue siendo nada?, atacan las interrogativas, ay, no sé, contesto, lo consultaré con la almohada, sale al paso una socorrida locución. ¡No, nada de almohadas!, ¡que se duerme!, ¡ya van más de cuarenta días!, replica un numeral escandalizado. Estoy vaga, ¿qué pasa?, me defiendo. ¡”Estoy vaga”!, ¡cómo usa la aseveración!, ¡increíble!, ¡que le corten la cabeza!, arremeten las exclamativas. ¡Silencio!, ¡eh!, ¡tú!, ¡la última!, a ti te conozco, tú eres de Lewis Carroll, vuelve a tu texto, y el resto, al manual de sintaxis de donde hayáis salido, ¡estaba intentando escribirle a Lucía!.

Lucía, querida, ya las estás viendo, mientras estén tan rebeladas no podré escribirte.