La sala Tres
El hombre que fuma en la puerta de la sala número tres aún no ha cumplido los sesenta aunque aparente haberlos dejado atrás hace mucho tiempo. El hombre tiembla y cree que tiene frío: La muerte todo lo domina. El hombre no lo sabe. La muerte acapara su mente, pero el hombre no es consciente de que no es él quien piensa, sino la muerte. Es tremendo estar muerto, piensa el hombre, que hasta ahora había pensado que cuando llega la muerte, llega el duelo y la pena. Pero no es la pena lo que llega, no el desconsuelo. Tremenda, es tremenda la muerte, piensa el hombre, tanto que el dolor es el asombro. El hombre tiene tres hijos que lloran abatidos la muerte de la madre. Mis hijas, pobres, son jóvenes, mi hijo, en fin..., mi hijo. Ellos no entienden que no es la pena lo que lloran, piensa el hombre, es la enormidad de la muerte, enormidad de dos caras, una la magnitud, otra la negación.
Si el hombre hubiera visto su rostro en un espejo, el color de la cera, los ojos excesivamente abiertos, quizá habría comprendido lo que es la muerte. El hombre creía que en lo que realmente estaba pensando era en que había cuidado bien de la mujer durante todos estos años. Cuando vuelva a casa, el hombre no sabrá qué hacer con el poco tiempo libre que le deja su trabajo, ni sabrá dormir todas las horas de una noche, porque lleva treinta años sin hacerlo. La vida no se cansó de patearle los riñones con problemas de todo tipo, los hijos, el trabajo, el dinero, la soledad. Sin embargo, es la muerte quien se lleva ahora el centro de la vida del hombre, las voces desde el dormitorio, la amargura de quien no se resigna a la postración en una cama, los reproches un día sí y otro no por llevarla a que la pongan en esa maldita máquina, la soberbia y la desesperación por no poder dominarlos del todo cuando se van a sus trabajos. El hombre está preparado para todas las miserias, pero no para esta grandeza que tiene la muerte. Por eso, cuando llegan sus compañeros de trabajo, al hombre le parece que le dan el pésame con desenvoltura, no como él, que nunca dice lo adecuado. No esperaba verlos, le había parecido más que suficiente que toda la familia y todos los vecinos ya hubieran pasado por la sala tres.
El hombre los conduce dentro de la sala y les presenta a sus hijos. Una señora con cara de cuñada y moño cardado hasta la solemnidad, se ahoga con afectación teatral en un kleenex justo cuando el hombre acaba con las presentaciones. Los compañeros tropiezan entre sí para darle el pésame también a la señora, que comenta en medio de lo que parece un desvanecimiento inminente que pobre inocente, qué va a ser de este ángel del Señor ahora que no está la madre. Los compañeros ven a un hombre con cara de niño romper en un llanto desmedido.
El hombre conduce a los compañeros hacia el cristal que separa la sala tres de otra más pequeña donde está la mujer. El hombre levanta torpemente el brazo y dirige la mano hacia el cristal, comienza a decir algo que nadie acierta a oír. Los compañeros miran. Ven un rostro amarillento enmarcado en una cascada de raso blanco. Suspiros, carraspeos, parece que duerme, miente alguien. No parece que duerme. Parece que está muerta y que ha tenido una muerte amarga e interminable. Los compañeros se bloquean. Parece una presentación de la difunta. Parece que tengan que certificar que está muerta y por eso ha faltado al trabajo. Parece que el hombre está orgulloso de poder mostrar algo importante.
Si el hombre hubiera visto su rostro en un espejo, el color de la cera, los ojos excesivamente abiertos, quizá habría comprendido lo que es la muerte. El hombre creía que en lo que realmente estaba pensando era en que había cuidado bien de la mujer durante todos estos años. Cuando vuelva a casa, el hombre no sabrá qué hacer con el poco tiempo libre que le deja su trabajo, ni sabrá dormir todas las horas de una noche, porque lleva treinta años sin hacerlo. La vida no se cansó de patearle los riñones con problemas de todo tipo, los hijos, el trabajo, el dinero, la soledad. Sin embargo, es la muerte quien se lleva ahora el centro de la vida del hombre, las voces desde el dormitorio, la amargura de quien no se resigna a la postración en una cama, los reproches un día sí y otro no por llevarla a que la pongan en esa maldita máquina, la soberbia y la desesperación por no poder dominarlos del todo cuando se van a sus trabajos. El hombre está preparado para todas las miserias, pero no para esta grandeza que tiene la muerte. Por eso, cuando llegan sus compañeros de trabajo, al hombre le parece que le dan el pésame con desenvoltura, no como él, que nunca dice lo adecuado. No esperaba verlos, le había parecido más que suficiente que toda la familia y todos los vecinos ya hubieran pasado por la sala tres.
El hombre los conduce dentro de la sala y les presenta a sus hijos. Una señora con cara de cuñada y moño cardado hasta la solemnidad, se ahoga con afectación teatral en un kleenex justo cuando el hombre acaba con las presentaciones. Los compañeros tropiezan entre sí para darle el pésame también a la señora, que comenta en medio de lo que parece un desvanecimiento inminente que pobre inocente, qué va a ser de este ángel del Señor ahora que no está la madre. Los compañeros ven a un hombre con cara de niño romper en un llanto desmedido.
El hombre conduce a los compañeros hacia el cristal que separa la sala tres de otra más pequeña donde está la mujer. El hombre levanta torpemente el brazo y dirige la mano hacia el cristal, comienza a decir algo que nadie acierta a oír. Los compañeros miran. Ven un rostro amarillento enmarcado en una cascada de raso blanco. Suspiros, carraspeos, parece que duerme, miente alguien. No parece que duerme. Parece que está muerta y que ha tenido una muerte amarga e interminable. Los compañeros se bloquean. Parece una presentación de la difunta. Parece que tengan que certificar que está muerta y por eso ha faltado al trabajo. Parece que el hombre está orgulloso de poder mostrar algo importante.

15 comentarios:
No sé a Lucía, pero a mí sí me gusta tu prosa. Hoy no tengo el día luctuoso así que evitaré el tema, pero me ha encantado la imagen de lo difícil que es dar un pésame y lo fácil que es recibirlo.
Sí, eso es. Yo prefiero parecer maleducada, en estos casos, pero no abrir la boca. Supongo que puede ser suficiente con hacer un poco de compañía.
Como sabes, tengo casos recientes. Con el tiempo he aprendido que a la gente que quieres sólo debes ofrecerle compañía, mostrar que estás a su lado. El resto de situaciones, en tanto que meros actos sociales, más vale evitarlos.
Sí, estamos de acuerdo.
Por seguir. Cuando dices: 'Parece que el hombre está orgulloso de poder mostrar algo importante'. ¿Sólo lo parece? ¿No hay algo de ese egoista infinito que sólo es capaz de contemplar estéticamente sus desgracias y, por ello, las disfruta secretamente?
Pues me lo estoy planteando. Es que creo que mi personaje no es así. De todos modos, creo que en el fondo es eso que dices, pero no de una forma tan contundente como tú la expresas, me refería más bien a que ese hombre, al que la vida le ha hecho sentirse tan pequeño, profundamente impresionado por la muerte, cree que es la muerte lo más grande que se ha acercado a su vida. O algo así, no sé si me entenderás algo.
Se entiende, se entiende. Yo pensaba, por no ser contundente, en ese extraño sentimiento de culpa que nace de pensar que uno debería estar más triste de lo que está. Quizá esté hablando de otro cuento, no sé, la historia del niño castigado que sueña con que muere en un incendio y sus padres se sienten culpables por haberle castigado. Esa es la estética de las propias desgracias.
Acabas de plantearme un problema muy complejo y necesitaría varios folios para explicarte como yo lo veo.
Me conformo con un post.
Resumiendo mucho, la cosa es tan simple como tú la acabas de plantear. Se produce una especie de incapacidad para sentirnos más tristes de lo que en realidad estamos. Si eso genera culpa, pues no lo sé, yo no lo he experimentado, y he vivido varias muertes, algunas muy dramáticas y que me han tocado muy de cerca. Pero la cosa es así de simple, uno piensa que hay otras cosas en la vida que nos hacen sentir mucho más tristes y abatidos. Lo que pasa es que creo que el dolor es otra cosa, o que el dolor llega después, o que tenemos una cultura de la muerte que es una mierda.
Acabas de plantearme un problema muy complejo y necesitaría varios folios para explicarte como yo lo veo.
(Siento el plagio)
varios folios? 1000 palabras?, pues eso es un post. Te estoy plagiando?
Resumiendo mucho, tenemos una cultura de la muerte que es una mierda (sigo sintiendo el plagio)
Sí, creo que hemos llegado a un acuerdo y que nos podemos ir a dormir.
En mi familia, morirse, es bastante natural y ni tan sólo en ese trance hemos perdido el sentido del humor. Claro que, creo, para comprenderlo habría que estar de tentetieso para recibir el pésame en la muerte de mi padre. Así que no he tenido nunca sentimiento de culpa por no sentirme más triste y tampoco suelo dar el pésame jamás. Y desde que existen los tanatorios, tampoco acudo a ellos salvo si formo parte de los actores secundarios. Me manifiesto, un par de días, después del entierro. Por otra parte llevo tiempo preguntándome si estamos tristes por el fallecido o por nosotros mismos al haber perdido su compañía ?
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