Miss a thing
Catorce años antes estuvo en ese parque, también era una tarde de verano, pero en aquella ocasión el cielo estaba cargado y corría un aire violento y hostigador. Milcíades acudió a la cita extrañado porque no era del estilo de Mercedes encontrarse en un parque infantil, lleno de padres con sus hijos. Se sentó en un banco observando a los niños enganchados como monos por todos los columpios. Una madre ayudaba a una niña gordita, de mejillas sonrosadas, a ponerse de pie, le sacudía la arena del vestido, le limpiaba los mocos y las lágrimas, le arrancaba una piruleta que se le había pegado a su mano redonda, pringosa, llena de caramelo y de tierra, la condujo hasta una fuente con esa cara entre tierna y enfadada que ponen las madres y lavó la piruleta hasta que le despegó toda la arena. Milcíades pensó en las distintas formas de las madres para arreglar las penas de sus niños, en la obsesión de algunas por las bacterias y los virus, en otras que lo curaban todo con sanas sanas culitos de ranas, en las prácticas, como esta, que lavaba la piruleta y conseguía que la niña volviera feliz a los columpios. Qué tipo de madre sería Mercedes, se preguntaba cuando levantó la vista y la vio avanzar hacia él abriéndose paso entre los niños, y no le pareció una madre esa tarde, sino una niña, el viento ondeaba su vestido de gasa amarillo, su pelo negro y largo, avanzó con paso tímido y nervioso hacia él hasta que se paró a dos pasos y le sonrió ampliamente. Mercedes tenía una sonrisa ancha y franca con la que siempre conseguía hacer olvidar a Milcíades sus dudas y demonios. Aquella semana había sido especialmente dura para él, se había sentido inseguro con respecto a Mercedes y las conversaciones telefónicas, único recurso que les quedaba para mantener el contacto durante la semana, le habían parecido frías y esquivas, para colmo, las circunstancias en el trabajo no lo habían ayudado a disipar su angustia. Pero ahí estaba ella sonriéndole, aureada de amarillo, “oh dulce Virgen María”, Mercedes parecía otra aquella tarde y todo el sufrimiento de los últimos días le resultó infundado cuando, después de darle un beso torpe e inexperto, Milcíades tuvo la sensación de que Mercedes había olvidado cómo se besaba a un hombre; se sintió bien rodeado de todos esos colores chillones, los de las ropas de los niños, los rosales, los columpios, matices eléctricos, paseando con una mujer aniñada que le pedía un helado de chocolate, oyendo los llantos de los niños por el estallido de un trueno, todo eso promovió en su alma un estado de alegría repentina como si le hubiera ido creciendo en el interior una sinfonía de Mozart que tuvo su clímax en una lluvia de goterones escasos y gordos, en la estampida de todos buscando un lugar cubierto, aquel alborozo, besar los ojos y las mejillas de Mercedes mientras les explotaba la risa porque decidieron quedarse, porque no les importaba mojarse de aquel agua rojiza. “Serás una buena madre, Mercedes”, dijo Milcíades pasando de la risa a la gravedad, “No puedo seguir allí solo, tan lejos –prosiguió- quiero que te vengas conmigo, que olvides tu vida aquí, a mi no me importa, podemos olvidarlo y empezar juntos, Mercedes, hay un poeta chileno que dice algo hermoso, Confieso que he vivido, tú ya me lo has confesado todo, ahora tenemos que olvidarlo y empezar una vida juntos”. Mercedes lo abrazó conmovida, y no hizo falta que le dijera que la respuesta era sí, porque nunca le habían hablado de forma parecida, nunca se había sentido tan querida por ningún hombre, nunca habían comparado su sórdida vida con la de un poeta, ni le habían mostrado que podía hacer con ella otra cosa. Permanecieron abrazados mientras cesaba la tormenta, respirando la reconciliación de Mercedes con el mundo. Una voz obscena los regresó al parque, “Hombre, pero si es Estellita, ¿cómo, estás guapa?” –preguntó insultando con la mirada, Milcíades le dio un empujón y el hombre cayó al suelo, -“Tranquilo, muchacho, tampoco hay que ponerse así por una puta”, dijo con un gesto socarrón y despectivo, Milcíades se tiró sobre el tipo sin que Mercedes pudiera contenerlo. Un corro de madres escandalizadas cacareaba excesivamente compungido, lanzando proclamas morales que hacían referencia a sus niños y tratando de impedir que un par de maridos solícitos acudieran a poner orden entre ese trío de sinvergüenzas.
El fulgor del rojo, del amarillo, del azul, la nitidez de las formas, la percepción de un mundo insultante y bello desapareció, como si el parque se hubiera convertido en un agujero negro, dando paso a la recaída en una masa sin contornos ni pigmentos, de la estridencia a la nada. Milcíades miró a Mercedes y la abrazó, pero a quién abrazaba ahora, dónde estaba Mercedes, rota, deshecha, cómo componerla, la agarró de los hombros y la zarandeó, pero Mercedes no hablaba, no lloraba, sólo miraba algún punto fijo, lejano. Una pareja se besaba dentro de un coche mientras en la radio excesivamente alta sonaba I don’t want to miss a thing. Mercedes se había roto como se rompe una muñequita de la más fina porcelana. “No quiero que pases por esto, Milcíades”, dijo con la inmutabilidad de una piedra, y corrió. Milcíades no corrió tras ella.
El fulgor del rojo, del amarillo, del azul, la nitidez de las formas, la percepción de un mundo insultante y bello desapareció, como si el parque se hubiera convertido en un agujero negro, dando paso a la recaída en una masa sin contornos ni pigmentos, de la estridencia a la nada. Milcíades miró a Mercedes y la abrazó, pero a quién abrazaba ahora, dónde estaba Mercedes, rota, deshecha, cómo componerla, la agarró de los hombros y la zarandeó, pero Mercedes no hablaba, no lloraba, sólo miraba algún punto fijo, lejano. Una pareja se besaba dentro de un coche mientras en la radio excesivamente alta sonaba I don’t want to miss a thing. Mercedes se había roto como se rompe una muñequita de la más fina porcelana. “No quiero que pases por esto, Milcíades”, dijo con la inmutabilidad de una piedra, y corrió. Milcíades no corrió tras ella.

11 comentarios:
Es justo la historia contraria, pero me ha recordado a
'It hurt her more to see him walking out the door
And though they stitched her back together they
left her heart in pieces on the floor'
(Billy Bragg, Levi Stubbs' Teras, 1986)
Me gustaría saber por qué.
Donde dice Teras debe decir Tears
Pues porque en realidad las historias son simpre las mismas. Llevamos siglos de historia de la humanidad arrastrando la misma, lo digo?
Creo que era Borges el que dijo que temas, sólo hay cuatro (de hecho los enumeraba, tengo que buscarlo porque no los recuerdo, a mí me salen menos de cuatro, pero claro, no soy Borges).
Cuáles son los que te salen a ti?
Supongo que el amor y la guerra, como a Homero.
A mí se me ocurre uno solo:
Conflicto.
¿Qué puede uno escribir que no represente un conflicto?
El amor entra en conflicto con la soledad, el odio con el amor, la muerte con la vida.
Cualquier acontecimiento digno de ser contado debe ser conflictivo con la rutina y con la monotonía. Si no sería mas divertido quedarse mirando un espejo.
Exacto Ermitaño. Siempre fue así, aunque no siempre se vio así. Mucho más inocente, Alvar Núñez Cabeza de Vaca exponñia en el prólogo de sus 'Comentarios': 'Que cierto no hay cosa que más deleite a los lectores que las variedades de las cosas y tiemnpos y las vueltas de la fortuna, las cuales, aunque al tiempo que se experimentan no son gustosas, cuando las ytraemos a la memoria y leemos son agradables'.
No he leído Naufragios, pero por lo que comentas, Eduardo, parece que es un rollo.
¿Quieres decir que este señor, que vivió mil aventuras, hizo unas crónicas aburridas desaprovechando tan valioso material?
Martín, estoy de acuerdo contigo, esos escritores que dedican un capítulo a la descripción de un haz de luz entrando por la ventana, son insufribles. Aunque siempre hay excepciones, como nuestro querido e idolatrado Cortázar, que sí supo hacer magníficas descripciones, descripciones de escaleras, se me ocurre. Ahí no hay conflicto, ni historia, sin embargo, leer Instrucciones para subir una escalera es mucho más divertido que quedarse mirando un espejo, o no?
En absoluto Ana, aunque mucho más divertidos son los 'Naufragios' del mismo autor.
No olvides que Cortazar ha brindado una gran ayuda a la comunidad advirtiendo sobre los peligros de ponerse un pullover y de criar mancufias.
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