Milagros
Paso muchas horas observando a Milagros desde mi balcón. Especialmente los días soleados, basta aguardar un poco para verla aparecer al fondo de la calle arrastrando sus piernas hasta el paso de peatones. Ahí es donde suele apostarse hasta que por fin viene alguien a cruzar.
A Milagros le sobra el tiempo, por eso lo rellena con estos anhelos en el bordillo de la acera. Durante sus esperas, siempre felices, se arregla el moño, la toquilla lila, saca su pañuelo primorosamente bordado del bolsillo y se seca una lagrimita que continuamente se asoma a sus ojos, se guarda el pañuelo y suspira, entonces vuelve a arreglarse el moño y la toquilla lila, vuelve a sacar su pañuelo primorosamente bordado para secarse esa lagrimita que, perseverante, siempre se asoma a sus ojos. Pero no es llorar lo que hace Milagros, ella es feliz en el paso de peatones deseando que alguien aparezca.
Cuando ve a alguien acercarse, Milagros casi da un saltito, y es fácil adivinar lo que está diciendo con su voz de pajarillo, Hijo, ayúdame a cruzar la calle, me da miedo, estoy torpe, tan mal de las piernas... Y entonces Milagros toma el brazo del estudiante, de la enfermera, del fontanero, del militar, de la colegiala o del cura, y cruza la calle risueña.
Si ha habido suerte, camina varias manzanas con su nuevo acompañante.
Tiene la habilidad de no decir más que lo suficiente para entablar una conversación. Al primer vistazo sabe qué es lo más apropiado, ¿Cómo van esos estudios?, o, Hay que ver cómo nos han subido los tomates, Y entonces se produce el milagro, si el desconocido no se impacienta por escoltar a una anciana a través un trazado azaroso de calles, y no dice tener que dejarla aquí, señora, porque se me hace tarde, no la veo aparecer de nuevo en el fondo de la calle hasta que no pasa un buen rato, arrastrando las piernas.
Ya de regreso, Milagros se aposta en el bordillo de la acera, frente al paso de peatones, y espera pacientemente, se arregla el moño y la toquilla lila, saca su pañuelo primorosamente bordado del bolsillo y seca su lagrimita. Suspira. Suspira y anhela el calor de otro brazo que la ayude a cruzar la calle, que la permita acompañarlo hasta que se le acabe la paciencia, porque Milagros no tiene rumbo, sólo tiempo que rellenar, y el deseo de sentir el calor de otro brazo y de que le cuenten historias de oficinas, de platos favoritos, de la gripe de ese año, de las notas de los niños.
A Milagros le sobra el tiempo, por eso lo rellena con estos anhelos en el bordillo de la acera. Durante sus esperas, siempre felices, se arregla el moño, la toquilla lila, saca su pañuelo primorosamente bordado del bolsillo y se seca una lagrimita que continuamente se asoma a sus ojos, se guarda el pañuelo y suspira, entonces vuelve a arreglarse el moño y la toquilla lila, vuelve a sacar su pañuelo primorosamente bordado para secarse esa lagrimita que, perseverante, siempre se asoma a sus ojos. Pero no es llorar lo que hace Milagros, ella es feliz en el paso de peatones deseando que alguien aparezca.
Cuando ve a alguien acercarse, Milagros casi da un saltito, y es fácil adivinar lo que está diciendo con su voz de pajarillo, Hijo, ayúdame a cruzar la calle, me da miedo, estoy torpe, tan mal de las piernas... Y entonces Milagros toma el brazo del estudiante, de la enfermera, del fontanero, del militar, de la colegiala o del cura, y cruza la calle risueña.
Si ha habido suerte, camina varias manzanas con su nuevo acompañante.
Tiene la habilidad de no decir más que lo suficiente para entablar una conversación. Al primer vistazo sabe qué es lo más apropiado, ¿Cómo van esos estudios?, o, Hay que ver cómo nos han subido los tomates, Y entonces se produce el milagro, si el desconocido no se impacienta por escoltar a una anciana a través un trazado azaroso de calles, y no dice tener que dejarla aquí, señora, porque se me hace tarde, no la veo aparecer de nuevo en el fondo de la calle hasta que no pasa un buen rato, arrastrando las piernas.
Ya de regreso, Milagros se aposta en el bordillo de la acera, frente al paso de peatones, y espera pacientemente, se arregla el moño y la toquilla lila, saca su pañuelo primorosamente bordado del bolsillo y seca su lagrimita. Suspira. Suspira y anhela el calor de otro brazo que la ayude a cruzar la calle, que la permita acompañarlo hasta que se le acabe la paciencia, porque Milagros no tiene rumbo, sólo tiempo que rellenar, y el deseo de sentir el calor de otro brazo y de que le cuenten historias de oficinas, de platos favoritos, de la gripe de ese año, de las notas de los niños.

3 comentarios:
Corsaria Ana, ayúdame a cruzar la calle y mientras me sigues contando historias de grandes almacenes, de contenedores rojos, de milagros y de Milagros.
De acuerdo Capitán, siempre tendrás el calor de mi garfio, que diga de mi brazo y una historia. Con la condición de que también tú, entre abordaje y abordaje me sueltes de vez en cuando un ladrillazo de esos que tú sabes de al menos un millar de palabras.
Eso está hecho (ya arreglé lo de las fotos, debería verse bien ahora).
Publicar un comentario en la entrada