El cubo de Rubik
Cuando lo encontré tirado en la acera, pensé que era el Cubo de Rubik en versión casera. Me admiré de la precisión milimétrica del artesano que lo había elaborado. De todos modos -le dije al cubo- estás más bonito así, sin colores, con la sobriedad de la madera.
Quedaba decorativo sobre la repisa de la chimenea y no dejaba de ser una ventaja que tuviera iguales las seis caras, porque siempre se me dio mal armar esos artefactos “lúdicodestrozanervios”. Así que allí se quedó. Le limpiaba el polvo una vez por semana.
Recuerdo que la noche que pusieron “El Resplandor”, tuve la ligera impresión de que el dado había crecido, apenas un estirón imperceptible, pero lo suficiente para generarme la impresión; cuando Jack Nicholson empuñó el hacha, lo agarré de un respingo y dejé de mirar la tele con el pretexto de armarlo, aun sin colores, manipularlo para sacarme los nervios del cuerpo.
Cuatro giros a una cara, dos a otra. Dos giros a otra cara, una a otra. Un giro a una cara, tres a otra. Así estuve un rato. No pasó nada. Tampoco esperaba que pasara nada. Creo que no era consciente de que el cubo había crecido, sólo tenía esa impresión en un plano puramente epidérmico, y probablemente, por culpa de Jack y su hacha.
A la mañana siguiente, cuando fui a limpiarle el polvo, sí que vi con claridad que había encogido, es decir, que había vuelto a su tamaño original. La impresión puramente epidérmica de que había crecido, se convirtió en la certeza de que la noche anterior, el cubo había crecido, apenas un estirón imperceptible, efectivamente, pero lo suficiente para percibir que el cubo había crecido entonces y que durante la noche había encogido.
De todos modos, me importaba un pimiento que el cubo creciera o decreciera a sus anchas, o quizá eran mis impresiones lo que me importaban un pimiento, porque los cubos de madera están desprovistos de la capacidad de modificar su tamaño, sin embargo, nuestra mente es caprichosa, a veces nos muestra fenómenos que realmente no existen. Así que me di media vuelta encogiéndome de hombros.
Al fondo del pasillo estaba Jack Nicholson esperándome, empuñaba un hacha y me miraba con esa cara de loco que todo el mundo conoce, porque no tiene otra. Yo sólo empuñaba el trapo del polvo.
-A ver, ¿qué eres tú?, -le pregunté cartesiana- ¿Una impresión puramente epidérmica o una certeza?, ¿Verdad que eres un producto engañoso de mi mente caprichosa?
Esta vez era una voz puramente racional la que me dictaba desde las más frías instancias de mi cerebro que aquella visión se esfumaría en breves segundos, sin embargo, levantó el hacha y corrió hacia mi, provocándome una necesidad imperiosa (y puramente física, instintiva, ancestral) de ponerme a salvo, ya habría tiempo de arrojar luz sobre tan exquisitas cavilaciones, que, por otro lado, Jack no parecía dispuesto a aclararme.
Atranqué la puerta del salón con el sofá entre Padresnuestros desesperados y Avesmarías apasionados, y me estaba planteando la posibilidad de arrojarme por el balcón mientras hacía la firme y sincera promesa de dejar de fumar para siempre al compás del primer hachazo, de dejar de beber durante todo un año al compás del segundo hachazo, de dejar de comer carne por seis meses al compás del tercero, de dejar de (esto último, afortunadamente, no llegué a formularlo) cuando el cuarto hachazo me activó una asociación de ideas: el cubo- Jack.
Me precipité a por el cubo, girando todas sus caras sin orden ni concierto, tratando de concentrar mis pensamientos en la quietud del agua estancada de la burda reproducción del Monet que colgaba de una de las paredes de mi salón.
Pasé unos días sin noches en aquella Ninfea tratando de tomármelo como si de una cura de reposo se tratara, ciertamente impresionada con tanto impresionismo. Un día, ya no pude más con los magníficos reflejos del agua, con el primor del brillo de las hojas heridas por el sol, ni con tanta liviandad ni tanta sutileza de tanta sombra de hoja trémula bailando al viento. Afortunadamente, tenía el dado en las manos cuando salté hasta allí.
Cerré los ojos y puse todo mi empeño en la más clara visualización de un Marlon Brandon desnudo e insultantemente bello y masculino en la cama de El Último Tango en París. Y allí aparecí, con mi dado en las manos, dispuesta a afrontar el triste final y la sordidez de la historia, o quizá para modificarlo todo, o para huir de allí otra vez. Después de todo, tenía mi cubo mágico, ergo era.
Quedaba decorativo sobre la repisa de la chimenea y no dejaba de ser una ventaja que tuviera iguales las seis caras, porque siempre se me dio mal armar esos artefactos “lúdicodestrozanervios”. Así que allí se quedó. Le limpiaba el polvo una vez por semana.
Recuerdo que la noche que pusieron “El Resplandor”, tuve la ligera impresión de que el dado había crecido, apenas un estirón imperceptible, pero lo suficiente para generarme la impresión; cuando Jack Nicholson empuñó el hacha, lo agarré de un respingo y dejé de mirar la tele con el pretexto de armarlo, aun sin colores, manipularlo para sacarme los nervios del cuerpo.
Cuatro giros a una cara, dos a otra. Dos giros a otra cara, una a otra. Un giro a una cara, tres a otra. Así estuve un rato. No pasó nada. Tampoco esperaba que pasara nada. Creo que no era consciente de que el cubo había crecido, sólo tenía esa impresión en un plano puramente epidérmico, y probablemente, por culpa de Jack y su hacha.
A la mañana siguiente, cuando fui a limpiarle el polvo, sí que vi con claridad que había encogido, es decir, que había vuelto a su tamaño original. La impresión puramente epidérmica de que había crecido, se convirtió en la certeza de que la noche anterior, el cubo había crecido, apenas un estirón imperceptible, efectivamente, pero lo suficiente para percibir que el cubo había crecido entonces y que durante la noche había encogido.
De todos modos, me importaba un pimiento que el cubo creciera o decreciera a sus anchas, o quizá eran mis impresiones lo que me importaban un pimiento, porque los cubos de madera están desprovistos de la capacidad de modificar su tamaño, sin embargo, nuestra mente es caprichosa, a veces nos muestra fenómenos que realmente no existen. Así que me di media vuelta encogiéndome de hombros.
Al fondo del pasillo estaba Jack Nicholson esperándome, empuñaba un hacha y me miraba con esa cara de loco que todo el mundo conoce, porque no tiene otra. Yo sólo empuñaba el trapo del polvo.
-A ver, ¿qué eres tú?, -le pregunté cartesiana- ¿Una impresión puramente epidérmica o una certeza?, ¿Verdad que eres un producto engañoso de mi mente caprichosa?
Esta vez era una voz puramente racional la que me dictaba desde las más frías instancias de mi cerebro que aquella visión se esfumaría en breves segundos, sin embargo, levantó el hacha y corrió hacia mi, provocándome una necesidad imperiosa (y puramente física, instintiva, ancestral) de ponerme a salvo, ya habría tiempo de arrojar luz sobre tan exquisitas cavilaciones, que, por otro lado, Jack no parecía dispuesto a aclararme.
Atranqué la puerta del salón con el sofá entre Padresnuestros desesperados y Avesmarías apasionados, y me estaba planteando la posibilidad de arrojarme por el balcón mientras hacía la firme y sincera promesa de dejar de fumar para siempre al compás del primer hachazo, de dejar de beber durante todo un año al compás del segundo hachazo, de dejar de comer carne por seis meses al compás del tercero, de dejar de (esto último, afortunadamente, no llegué a formularlo) cuando el cuarto hachazo me activó una asociación de ideas: el cubo- Jack.
Me precipité a por el cubo, girando todas sus caras sin orden ni concierto, tratando de concentrar mis pensamientos en la quietud del agua estancada de la burda reproducción del Monet que colgaba de una de las paredes de mi salón.
Pasé unos días sin noches en aquella Ninfea tratando de tomármelo como si de una cura de reposo se tratara, ciertamente impresionada con tanto impresionismo. Un día, ya no pude más con los magníficos reflejos del agua, con el primor del brillo de las hojas heridas por el sol, ni con tanta liviandad ni tanta sutileza de tanta sombra de hoja trémula bailando al viento. Afortunadamente, tenía el dado en las manos cuando salté hasta allí.
Cerré los ojos y puse todo mi empeño en la más clara visualización de un Marlon Brandon desnudo e insultantemente bello y masculino en la cama de El Último Tango en París. Y allí aparecí, con mi dado en las manos, dispuesta a afrontar el triste final y la sordidez de la historia, o quizá para modificarlo todo, o para huir de allí otra vez. Después de todo, tenía mi cubo mágico, ergo era.

9 comentarios:
Esta vez, Ana, creo que superaré en sana envidia al señor Ermitaño.
El señor Ermitaño escribe muy buenos relatos, tiene uno titulado "La Inspección", que es una verdadera joya literaria.
En cuanto a Ud. señor Allende, creo que escribe magníficos post, incluso se atreve con el teatro.
Leo con frecuencia al señor Ermitaño, doña Ana, aunque nunca haya dejado allí (que yo recuerde) una opinión. Pero si sigo repitiendo será por algo, digo yo (Saludos, Martín).
Claro, eso me pasa a mi con vosotros dos. Lo que quería decir es que no hay motivos para esas sanas envidias, o que yo también los envidio a Uds., no sé. (Saludos Martín, sigues con calor? por aquí está nevando)
Muy bueno este también, la conjugación de Jack Nicholson con el cubo de Rubick es excelente.
Quedo a la espera del próximo topic.
Hola a todos:
El cuento esta muy bien y gracioso. Yo quiero tener un cubo de esos. Solo espero que a la protagonista no se le ocurra jugar con el "dado magico" en mitad de Apocalipsis Now,que mala es la pelicula por cierto.
Saludos a todos.
posdata: Gracias por en enlace.
Hola Wally,
Sí, estaría bien. Conozco a cierto protestante/protestón que le vendría que ni pintado para huir de los hombres de negro.
Ana o para hacerlos trabajar para ese protestante /proteston, que nunca viene mal o para "abducir" y cambiar al tribunal opositor;).
Saludos a todos.
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