19 de febrero de 2005

Canción de primavera


El doctor Valdecasas se incorporó a su turno de urgencias en el Hospital Clínico sin más aspiración que la de tener una noche tranquila. Encontró al doctor Fuentes en la penosa tarea de cerrarle los ojos a un muerto en compañía de una enfermera.

-Vaya urticaria -dijo- ¿y a éste qué le ha pasado?
-Parada cardiorrespiratoria por choque anafiláctico.
-Entiendo, un himenóptero, ¿no?
-Tres, -corrigió el doctor Fuentes- encontré tres aguijones.
-¿No se medicaba?
-Debía ser un histérico, no llegó a ponerse la adrenalina. En fin, voy a informar a la viuda.

La enfermera vio derrumbarse a la mujer en el pasillo. El doctor Fuentes le pidió que le suministrara algún tranquilizante.



Seis horas antes la señora González fregaba los platos apresuradamente, llegaba tarde al trabajo. “Ay, el vasito del patxarán”, pensó. Corrió hasta la salita donde su marido dormía una siesta atronadora a por el vasito del patxarán. Tomó el vaso y la botella y se dirigió de nuevo a la cocina, sin embargo, se detuvo en medio del corredor. Reparó en lo que había visto unos segundos antes: un charco en el balcón y varias abejas. Había estado regando las macetas. Observó su mano izquierda: el vaso, el guante de látex; Observó la derecha: la botella, el guante de látex, se dio media vuelta y volvió a ponerlo todo en la mesa de la salita, vertió más licor en el vaso asegurándose de que se derramaba un poco. La señora González sintió el latigazo de un entusiasmo nuevo que le recorría el cuerpo de abajo arriba. Ilusionada, regresó a la cocina, rebuscó en los muebles, sacó varios botes, se decidió por uno. “Éste es el más dulzón”, se dijo, y danzó por toda la salita con aquel spray en la mano hasta que le pareció que ya estaba lo suficientemente ambientada. “Y ahora, un toque de color”, rió divertida, y apareció de nuevo en la salita desde la cocina con un maravilloso florero con rosas de un amarillo soberbio que había comprado aquella misma mañana en el mercado. Echó una mirada alrededor y pensó que todo estaba perfecto. “Ah, una cosita”, se dijo dándose una palmada en la frente, “qué despistada soy..., ¡habrá que cambiar de sitio la inyección de adrenalina!”. Moviendo las caderas al compás de una melodía que le sonaba en su cabeza, sacó un estuche de un cajón y lo metió en otro cajón de otro mueble. “Sí, ahora sí está todo” y dejó escapar una risilla maliciosa. Abrió el balcón de par en par, se arregló y se fue al trabajo.

El señor González parecía engullir la habitación en cada ronquido. La señora González sabía que se pondría muy nervioso en cuanto escuchara el zumbido, que manotearía, que trataría de defenderse con un cojín. Albergaba la esperanza de que por una vez en su vida la suerte se pusiera de su lado. Bajaba las escaleras silbando una hermosa canción que hablaba de la primavera.

7 comentarios:

Eduardo Allende dijo...

Un crimen encantador. ¿Es verdad eso que dicen de que uno sólo puede escribir historias autobiográficas?

ana dijo...

Claro que es verdad, así fue como me cargué a mi 4º marido.

Eduardo Allende dijo...

Cuidado con lo que declaras aquí, que nos vigilan.

ana dijo...

Estimados Sres. de los Servicios de Inteligencia:

Lo cierto es que estoy bromeando, el relato no es más que ficción, se me ocurrió leyendo un artículo en un suplemento dominical sobre las medidas que deben tomar los alérgicos a las avispas/abejas.

No me he casado tantas veces. De hecho, nunca tuve el suficiente valor para casarme ni por primera vez.

Atentamente,

Ana

Eduardo Allende dijo...

Buena mentira. Creo que se lo han tragado.

ana dijo...

jajaja! Cuidado con lo que declaras aquí! Que nos vigilan!

Eduardo Allende dijo...

Estimados Sres. de los Servicios de Inteligencia:

No me tomen en serio como muy bien hace mi amiga Ana.

Atentamente,

Eduardo