25 de diciembre de 2004

Romance del sátiro


Lucía, el tito JM te pasa este romance que escribió cuando era un moquillo. Dice que te dé un beso y que espera que lo disfrutes cuando sepas leer, pero que entretanto, disfrutes de no saber hacerlo.

Cuando ya caía la noche,
cuando ya nadie miraba,
abrió el sátiro sus ojos
y miró hacia la montaña.
Sus manos eran de arcilla,
y de luna su mirada.
- Sátiro, no te demores,
que te esperan las serranas;
que pronto será de día,
y morirás con el alba.
Se hizo el sátiro de lluvia
bajo la luna de plata,
y empapó con su rocío
el alma de las muchachas.
Y crecieron amapolas
en los campos que regaba,
que más tarde fueron viento,
que viajaba y que soñaba.
Se fundió la luz de luna
con la negra madrugada,
y apareció el sol temprano
dando vida a la mañana.
Se escondió bajo las flores
el diablillo que lloraba,
dejando sobre la tierra
un reguero de esperanza.

24 de diciembre de 2004

¡¡¡Perversiones!!!


PERVERSIONES: EL AMOR

Pues no, mal pensada...

Etimológicamente, pervertir sería algo así como devenir, convertir, resultar otra cosa distinta de lo que de suyo sería la cosa.

¿Qué qué tiene eso que ver con el amor? Pues nada, con el amor nada. Con el amor humano, todo: el amor humano es una perversión. Si no te lo crees, busca definiciones de esa palabra, comprobarás que cada sapiens sapiens lo define según sus propios criterios, de modo que el amor es para cada espécimen aquello que más le conviene que sea.

Podemos hablar del amor según San Pablo (Sin amor no soy nada), el amor según Neruda (Te amo cuando no te amo y te amo cuando te amo), otro Pablo que no es san, sino Neftalí Ricardo; podemos también hablar del amor según la vecina del quinto (¿¿¿que se quede el infinito sin estrellas, o que pierda el ancho mar su inmensidad???, porque me importas tú y nadie más que tú), y así con cada Sapiens Sapiens que puebla el planeta, te aseguro que no llegarás a ninguna conclusión. ¿Por qué? Pues porque el amor es un invento humano. Me refiero al amor con toda esa carga de querubines, sacrificios, mueros porque no mueros, serenatas bajo el balcón, por ti yo sería capaz de matar, a quién quieres más, a papá o a mamá, violines, anillos de oro, separación de bienes, colegio público o privado, vacaciones en el mar, etc., etc., etc.

Y yo, querida Lucía, como depositaria de esta cultura platónico-judeo-cristiana, y vete a ver cuántos etcéteras más, necesito un culpable, y aquí tienes uno, Pablo de Tarso:

"Voy a mostraros un camino todavía mejor. Si hablo las lenguas de los hombres, y aun las de los ángeles, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo ruidoso. Y si hablo de parte de Dios, y conozco sus propósitos secretos, y sé todas las cosas; y si poseo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada. Y si reparto entre los pobres cuanto poseo, y aun si entrego mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me sirve.

Tener amor es saber soportar: es ser bondadoso; es no tener envidia ni ser presumido, orgulloso, grosero o egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. El amor es sufrirlo todo, creerlo todo, soportarlo todo.

El amor jamás dejará de ser. Un día los hombres dejarán de profetizar, y no hablarán más en lenguas, ni será necesaria la ciencia. Porque la ciencia y la profecía son imperfectas, y llegarán a su fin cuando venga lo perfecto.

Cuando yo era niño, hablaba, pensaba y razonaba como un niño; pero al hacerme hombre dejé atrás lo que era propio de un niño. Ahora vemos de manera borrosa, como en un espejo; pero un día lo veremos todo tal y como es en realidad. Mi conocimiento es ahora imperfecto, pero un día lo conoceré todo del mismo modo que Dios me conoce a mi. Hay tres cosas permanentes: la fe, la esperanza y el amor, y la más importante de las tres es el amor."


Bien, Lucía, este texto forma parte de una carta que Pablo o Saulo de Tarso, más conocido como el apóstol San Pablo escribió a los corintios. Pablo era lo que hoy en día llamaríamos un intelectual, era un judío fariseo de cultura helenística, de sólida formación teológica, filosófica, jurídica, mercantil y lingüística (hablaba griego, latín, hebreo y arameo).

Además de todo esto, a Pablo le gustaba perseguir y matar a los cristianos, que eran una secta que surgió por aquellos tiempos y que los judíos consideraban herética. Sin embargo, Pablo pasó de ser un activo mata- cristianos a ser un ardiente propagandista del cristianismo desde que el mismo Jesús se le apareciera según su propio relato.

Desde entonces Pablo extendió el mensaje cristiano más allá del pueblo judío: Grecia, Asia Menor, Siria y Palestina. Sus escritos constituyen el desarrollo teológico del cristianismo, es decir, Pablo inventó el cristianismo, ideologizó el mensaje de Jesús: el pecado original, el sufrimiento como redención de la humanidad, el rechazo cristiano de la sexualidad y la subordinación de la mujer, son ideas que no aparecen en las predicaciones de Jesús de Nazaret.

Pablo polemizó con otros apóstoles por su empeño en desligar la tradición judía de la nueva fe cristiana que él inventó e institucionalizó como Iglesia.

Este fue el hombre que escribió la mejor definición del amor en opinión de muchos Sapiens Sapiens.

Otro día seguimos hablando de esto. No te pienses que estoy en total desacuerdo con el texto. Lo que pasa es que, en mi opinión, la mejor parte (“Cuando yo era niño, hablaba, pensaba y razonaba como un niño; pero al hacerme hombre dejé atrás lo que era propio de un niño”) es la peor para Pablo (“Ahora vemos de manera borrosa, como en un espejo; pero un día lo veremos todo tal y como es en realidad”), lo cual no deja de ser una paradoja.

22 de diciembre de 2004

Homo Sapiens Sapiens II


Cada especie animal, querida Lucía, ha desarrollado aquellas características que le permiten vivir mejor en su medio. Por eso hay especies preparadas para volar, otras preparadas para sumergirse en los fondos submarinos, otras para reptar, otras para trepar, etc.

La nuestra, en vez de desarrollar alas o aletas, desarrolló el encéfalo. El Homo Sapiens Sapiens es un homínido que no sólo sabe, sino que además sabe que sabe. Esto le ha permitido aventajar al resto de las especies: no teniendo cualidades para volar, el Homo Sapiens Sapiens, vuela, no estando preparado para sumergirse en los fondos submarinos, el Homo Sapiens Sapiens, se sumerge. Seguro que ya se te están ocurriendo todos los ejemplos que te iba a poner, cría de Sapiens. Bueno, pues no te los pongo.

El caso es que por todo esto, nuestra especie se considera superior al resto.

Me gustaría que consideraras si no seremos una especie más, con una característica más desarrollada, de la misma manera que cada especie tiene la suya.

La historia de nuestra especie empezó el día en que nos pusimos en pie, fue entonces cuando tuvimos el primer pensamiento (ufff, ¿qué sería, Lucía? ¿No te alucina?), y después comenzamos a hablar.

Lo más asombroso es que, a diferencia de otras especies animales, no hemos sabido (el sapiens no ha sabido, Lucía) permitir el desarrollo y la vida de todos.

¿Por qué no le echamos un vistazo a las perversiones humanas, Lucía? ¡Sí, perversión!, suena bien, ¿eh?.

Mañana empezamos.




20 de diciembre de 2004

Homo Sapiens Sapiens


Roma daba a sus generales victoriosos multitudinarios desfiles triunfales hasta el templo de Júpiter, durante los cuales, el triunfador, subido en un carro, escuchaba repetidas veces la frase que un esclavo colocado a sus espaldas tenía la misión de susurrarle: “Respice post te! Hominem esse te memento” “Mira detrás de ti! ¡Recuerda que sólo eres un hombre!”

Yo prefiero recordar que sólo soy un animal. Para ser realista (qué tristeza) sólo soy un animal doméstico, aunque, eso sí, con serias aspiraciones a animal.

19 de diciembre de 2004

Capítulo I


[...] Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas. Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allí lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca del césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkyria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu'en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movía, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabó. Oh Maga, y no estábamos contentos. [...]


Julio Cortázar, Rayuela, 1963

18 de diciembre de 2004

La maza


Si no creyera en la locura
de la garganta del sinsonte
si no creyera que en el monte
se esconde el trino y la pavura

si no creyera en la balanza
en la razón del equilibrio
si no creyera en el delirio
si no creyera en la esperanza

si no creyera en lo que agencio
si no creyera en mi camino
si no creyera en mi sonido
si no creyera en mi silencio

qué cosa fuera
qué cosa fuera la maza sin cantera
un amasijo hecho de cuerdas y tendones
un revoltijo de carne con madera
un instrumento sin mejores resplandores
que lucecitas montadas para escena

qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera
qué cosa fuera la maza sin cantera

un testaferro del traidor de los aplausos
un servidor de pasado en copa nueva
un eternizador de dioses del ocaso
júbilo hervido con trapo y lentejuela

qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera
qué cosa fuera la maza sin cantera

si no creyera en lo más duro
si no creyera en el deseo
si no creyera en lo que creo
si no creyera en algo puro

si no creyera en cada herida
si no creyera en la que ronde
si no creyera en lo que esconde
hacerse hermano de la vida

si no creyera en quien me escucha
si no creyera en lo que duele
si no creyera en lo que quede
si no creyera en lo que lucha

qué cosa fuera
qué cosa fuera la maza sin cantera
un amasijo hecho de cuerdas y tendones
un revoltijo de carne con madera
un instrumento sin mejores resplandores
que lucecitas montadas para escena

qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera
qué cosa fuera la maza sin cantera

un testaferro del traidor de los aplausos
un servidor de pasado en copa nueva
un eternizador de dioses del ocaso
júbilo hervido con trapo y lentejuela

qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera
qué cosa fuera la maza sin cantera


Silvio Rodríguez, 1979

Vienes con el sol


Pides que diga lo que estoy pensando
el como, del porque y el cuando pero vienes con el sol.
Pides que deje de beber cerveza,
que ponga juicio en mi cabeza y luego vienes con el sol

Pides una estrella para sonreír con ella,
luego pides un lucero para atarlo a tu cabello
y es que vienes siempre o casi siempre vienes con el sol.

Pides que dejen en paz el noticiero,
que sea mejor el cocinero, pero vienes con el sol.
Pides que se suspendan los ronquidos,
que se agudicen los sentidos y al cabo vienes con el sol.

Pides una tregua, bajo el mar a tantas leguas,
que no acose a tus encanto, aunque yo me siga helando,
y es que vienes siempre o casi siempre vienes con el sol.

Pides una canción de amor
que te confirme que soy tuyo.
Pides que cuide más la voz
y que no ataque a quien se acabe el mundo.

Pides que mire todo en positivo,
que se me olvide el enemigo, pero vienes con el sol.
Pides la discreción y la cordura,
la risa contra la amargura, al cabo vienes con el sol.

Pides tantas cosas y yo sigo a manos rotas,
procurando hacerme al bueno, para ver si así te tengo
y es que vienes siempre o casi siempre vienes con el sol.


Alejandro Filio, Un secreto a voces

16 de diciembre de 2004

Ain't no cure for love


I loved you for a long, long time
I know this love is real
It don't matter how it all went wrong
That don't change the way I feel
And I can't believe that time's
Gonna heal this wound I'm speaking of
There ain't no cure,
There ain't no cure,
There ain't no cure for love
I'm aching for you baby
I can't pretend I'm not
I need to see you naked
In your body and your thought
I've got you like a habit
And I'll never get enough
There ain't no cure,
There ain't no cure,
There ain't no cure for love

There ain't no cure for love
There ain't no cure for love
All the rocket ships are climbing through the sky
The holy books are open wide
The doctors working day and night
But they'll never ever find that cure for love
There ain't no drink no drug
(Ah tell them, angels)
There's nothing pure enough to be a cure for love

I see you in the subway and I see you on the bus
I see you lying down with me, I see you waking up
I see your hand, I see your hair
Your bracelets and your brush
And I call to you, I call to you
But I don't call soft enough
There ain't no cure,
There ain't no cure,
There ain't no cure for love

I walked into this empty church I had no place else to go
When the sweetest voice I ever heard, whispered to my soul
I don't need to be forgiven for loving you so much
It's written in the scriptures
It's written there in blood
I even heard the angels declare it from above
There ain't no cure,
There ain't no cure,
There ain't no cure for love

There ain't no cure for love
There ain't no cure for love
All the rocket ships are climbing through the sky
The holy books are open wide
The doctors working day and night
But they'll never ever find that cure,
That cure for love



Leornard Cohen, I'm your man, 1988

15 de diciembre de 2004

Días y flores


Si me levanto temprano,
fresco y curado,
claro y feliz,
y te digo: «voy al bosque
para aliviarme de ti»,
sabe que dentro tengo un tesoro
que me llega a la raíz.

Si luego vuelvo cargado
con muchas flores
(mucho color)
y te las pongo en la risa,
en la ternura, en la voz,
es que he mojado en flor mi camisa
para teñir su sudor.

Pero si un día me demoro, no te impacientes,
yo volveré más tarde.
Será que a la más profunda alegría
me habrá seguido la rabia ese día,
la rabia simple del hombre silvestre,
la rabia bomba, la rabia de muerte,
la rabia imperio asesino de niños,
la rabia se me ha pudrido el cariño,
la rabia madre por dios tengo frío,
la rabia es mío, eso es mío, sólo mío,
la rabia bebo pero no me mojo,
la rabia miedo a perder el manojo,
la rabia hijo zapato de tierra,
la rabia dame o te hago la guerra,
la rabia todo tiene su momento,
la rabia el grito se lo lleva el viento,
la rabia el oro sobre la conciencia,
la rabia —coño— paciencia, paciencia.

La rabia es mi vocación.

Si hay días que vuelvo cansado,
sucio de tiempo,
sin para amor,
es que regreso del mundo,
no del bosque, no del sol.
En esos días,
compañera ponte alma nueva
para mi más bella flor.

Silvio Rodríguez, Te doy una canción, 1975

14 de diciembre de 2004

El remordimiento


He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciales del olvido
me arresten y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.


Jorge Luis Borges, La moneda de hierro, 1976

12 de diciembre de 2004

Canción


¡De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera
la primavera!
(Yo, muriendo.)

Y de qué modo sutil
me derramó en la camisa
todas las flores de abril.

¿Quién le dijo que yo era
risa siempre, nunca llanto,
como si fuera
la primavera?
(No soy tanto.)

En cambio, ¡qué espiritual
que usted me brinde una rosa
de su rosal principal!

¡De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera
la primavera!
(Yo, muriendo.)


Nicolás Guillén, La rueda dentada, 1972

Capítulo XXI


[...] Entre la Maga y yo crece un cañaveral de palabras, apenas nos separan unas horas y unas cuadras y ya mi pena se llama pena, mi amor se llama mi amor... Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grandes los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos y Jano es de golpe cualquiera de nosotros. Todo esto se lo voy diciendo a Crevel pero es con la Maga que hablo, ahora que estamos tan lejos. Y no le hablo con las palabras que sólo han servido para no entendernos, ahora que ya es tarde empiezo a elegir otras, las de ella, las envueltas en eso que ella comprende y que no tiene nombre, auras y tensiones que crispan el aire entre dos cuerpos o llenan de polvo de oro una habitación o un verso. ¿Pero no hemos vivido así todo el tiempo, lacerándonos ducemente? No, no hemos vivido así, ella hubiera querido pero una vez más yo volví a sentar el falso orden que disimula el caos, a fingir que me entregaba a una vida profunda de la que sólo tocaba el agua terrible con la punta del pie. Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impulso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es su orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en prejuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo. Ah, déjame entrar, déjame ver algún día como ven tus ojos [...]


Julio Cortázar, Rayuela, 1963

11 de diciembre de 2004

El herido II


Para la libertad sangro, lucho, pervivo,
para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.


Miguel Hernández, El hombre acecha, 1939

Soneto XLIV


Sabrás que no te amo y te amo
puesto que de dos modos es la vida,
la palabra es un ala del silencio,
el fuego tiene una mitad de frío.

Yo te amo para comenzar a amarte,
para recomenzar el infinito
y para no dejar de amarte nunca:
por eso no te amo todavía.

Te amo y no te amo como si tuviera
en mis manos las llaves de la dicha
y un incierto destino desdichado.

Mi amor tiene dos vidas para amarte.
Por eso te amo cuando no te amo
y por eso te amo cuando te amo.


Pablo Neruda, Cien sonetos de amor, 1959

9 de diciembre de 2004

Cultivo una rosa blanca


Cultivo una rosa blanca
En julio como en enero,
Para el amigo sincero,
Que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni ortiga cultivo
Cultivo una rosa blanca.


José Martí, Versos Sencillos, 1891

8 de diciembre de 2004

Matías


Querida Lucía,

Hoy voy a presentarte a mi amigo Matías. Él ya será un escritor prestigioso cuando tú puedas leer esta especie de collage virtual. Para él es muy importante llegar a ser un buen escritor. Para mi también que llegue a serlo, pero Matías tiene algo más importante aún, ya sabes, Lucía, eso que al final es lo único que cuenta: Matías es una buena persona.

Hallazgo de la vida

¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida, que hoy, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas.

Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca. Miente quien diga que la he sentido. Miente y su mentira me hiere a tal punto que me haría desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se le caería la lengua, se le caerían los huesos y correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de pie ante mis ojos.

Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, le diría que yo no le conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en efecto, le he conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera vez que nos conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a verme, como si no me conociera, es decir, por primera vez.

Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de epifanía inmarcesible. No, señor. No hable usted a este caballero. Usted no lo conoce y le sorprendería tan inopinada parla. No ponga usted el pie sobre esta piedrecilla: quién sabe no es piedra y vaya usted a dar en el vacío. Sea usted precavido, puesto que estamos en un mundo absolutamente inconocido.

¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan reciente, que no hay unidad de medida para contar mi edad. ¡Si acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía! Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe en mi.

Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan piedras para una gran construcción del boulevard Haussmann. Nunca, sino ahora, avancé paralelamente a la primavera, diciéndola: "Si la muerte hubiera sido otra..." Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol sobre las cúpulas del Sacré-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó un niño y me miró hondamente con su boca. Nunca, sino ahora, supe que existía una puerta, otra puerta y el canto cordial de las distancias.

¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte.


César Vallejo, Poemas en prosa, 1923- 1929

7 de diciembre de 2004

La hija del caníbal (fragmento)


Permíteme que te hable de los pingüinos, esas aves patosas que habitan a millones en la desierta Antártida. Cuando las crías de los pingüinos salen de sus huevos, los padres han de dejarlas solas para irse al mar en busca de comida. Esto plantea un grave problema, porque los pequeños pingüinos se encuentran recubiertos de un plumón tan ligero que resultaría insuficiente para mantenerlos vivos en las temperaturas extremadamente frías del Polo Sur. Entonces lo que hacen los pollos es quedarse todos juntos sobre sus islotes de hielo, miles de pingüinos recién nacidos apretujados los unos contra los otros para darse calor. Pero para que los que se encuentran en la parte exterior del grupo no se congelen, los pollitos permanecen en constante movimientos rotatorio, de manera que ninguna cría tenga que estar a la intemperie más de unos segundos. De haber sido llevada a cabo por hombres y mujeres, esta ingeniosa artimaña colectiva se habría entendido como una muestra de solidaridad humana; pero los pollos de los pingüinos, al contrario que nosotros, no entienden de palabras, y si se protegen los unos a los otros es porque así tienen más esperanzas de sobrevivir: es una generosidad dictada por la memoria genética, por la sabiduría bruta de las células. Lo que te quiero decir con todo esto, es que lo que llamamos el Bien está ya presente en la entraña misma de las cosas, en los animales irracionales, en la materia ciega. El mundo no es sólo furor y violencia y caos, sino también esos pingüinos ordenados y fraternales. No hay que tener tanto miedo a la realidad, porque no es sólo terrible, sino también hermosa.


Rosa Montero, 1997

Tierras de cristal (fragmento)


Viejo, bendito, Pekisch:

Eso sí que no tenías que habérmelo hecho. No me lo merezco. Yo me llamo Pehnt, y sigo siendo aquel que se quedaba tumbado en el suelo para escuchar la voz de los tubos, como si pudiera llegar de verdad, cuando en realidad no llegaba. Nunca llegó. Y ahora yo estoy aquí. Tengo una familia, un trabajo y por la noche me acuesto temprano. Los martes voy a escuchar los conciertos que dan en la Sala Trater y oigo músicas que en Quinnipak no existen: Mozart, Beethoven, Chopin. Son normales y, sin embargo, son hermosas. Tengo algunos amigos con los que juego a las cartas, hablo de política fumándome un puro y los domingos salgo al campo. Amo a mi mujer, sea lo que sea lo que haya sucedido en el mundo ese día. Me gusta dormir a su lado y me gusta despertarme junto a ella. Tengo un hijo y lo amo, aunque todo haga suponer que de mayor será agente de seguros. Espero que sea un buen agente y que sea un hombre justo. Por la noche me acuesto y me quedo dormido. Y tú me has enseñado que eso quiere decir que estoy en paz conmigo mismo. No hay nada más. Ésta es mi vida. Sé que no te gusta, pero no quiero que me lo escribas. Porque quiero seguir acostándome, por las noches, y quedándome dormido.

Cada uno tiene el mundo que se merece. Yo tal vez haya comprendido que el mío es este de aquí. Lo que tiene de extraño es que es normal. Nunca se ha visto nada parecido en Quinnipak. En Quinnipak se tiene en los ojos el infinito. Aquí, las pocas veces que miras a lo lejos, miras a los ojos de tu hijo. Y es distinto.

No sé cómo hacértelo comprender, pero aquí vivimos resguardados. Y no es algo despreciable. Es hermoso. Y, además, ¿quién ha dicho que hay que vivir necesariamente a la intemperie, siempre asomados al cornisón de las cosas, buscando lo imposible, escudriñando todas las escapatorias para evadirse de la realidad? ¿Es que de verdad es necesario ser excepcionales?

Yo no lo sé. Pero me aferro a esta vida mía y no me avergüenzo de nada: ni siquiera de mis botines. Hay una dignidad inmensa, en la gente, cuando sobrelleva sus propios miedos, sin trampas, como medallas de su propia mediocridad. Y yo soy uno de ellos.

Mirábamos siempre al infinito, en Quinnipak, los dos juntos. Pero aquí no hay infinito. Así que miramos las cosas y con eso nos basta. De vez en cuando, en los momentos menos pensados, somos felices.

Me acostaré, esta noche, y no me quedaré dormido. Será culpa tuya, viejo, maldito Pekisch.

Te abrazo, Dios sabe cuánto te abrazo.

Pehnt, agente de seguros


Alessandro Baricco, 1991

6 de diciembre de 2004

El hombre extraño


Era extraño aquel hombre,
o por tal lo tomaron,
porque besaba todo
lo que hallaba a su paso.
Besaba a las personas,
al perro, al mobiliario
y mordía dulcemente
la ventana de un cuarto.

Cuando salía a la calle
le iba besando al barrio
las esquinas, aceras,
portales y mercados,
y en las noches de cine
(también las de teatro)
besaba su butaca
y las de sus costados.

Por estas y otras muchas
los cuerdos lo llevaron
donde nadie lo viera,
donde no recordarlo,
y cuentan que en su celda
besaba sus zapatos,
su catre, sus barrotes,
sus paredes de barro.

Un día sin aviso,
murió aquel hombre extraño
y muy naturalmente
en tierra lo sembraron.
En ese mismo instante,
desde el cielo, los pájaros
descubrieron que al mundo
le habían nacido labios.


Silvio Rodríguez, Síntesis, 1992